Laicidad

¿El estado es, o debe ser laico?¿Las creencias religiosas deben quedar en el fuero interno o tiene derecho a manifestarse en sociedad? ¿A qué se opone “laico”? ¿Qué significa esa palabra?

Este tema presenta múltiples ramificaciones históricas, filosóficas, teológicas, jurídicas, sociológicas, etc. Voy a intentar destacar unos puntos, especialmente relevantes a mi modo de ver.

Atenderé a unos hechos evidentes. Existen naciones, estados, países, gobernados por el gobierno de turno. Existen también diversas filosofías acerca del hombre, de la sociedad, más o menos armónicas u opuestas a la religión. Existen religiones más o menos organizadas, con mayores o menores puntos en común, entre ellas.

Tanto las filosofías en sentido amplio como las religiones, pueden englobarse en lo que los alemanes denominan Weltanschauung, es decir, una cosmovisión. E, inevitablemente, todo el mundo tiene su weltanschauung, más o menos consciente, más o menos explícita. Yo tengo la mía, sobre la que reflexiono con frecuencia, para someterla al mayor análisis racional del que soy capaz.

Cada gobierno de turno está conformado por personas que tienen también, es inevitable, una cosmovisión.

En las relaciones entre religión y gobierno, desde el punto de vista lógico solo caben dos situaciones: Fusión o distinción.

Y en la distinción caben, también lógicamente, dos situaciones: armonía entre gobierno y religión o enemistad más o menos declarada. Es claro que cuando se da fusión no tiene sentido hablar ni de enemistad ni de armonía.

Señalaré otro hecho de naturaleza histórica: lo usual ha sido siempre la fusión de religión y gobierno. Esto ha sido siempre así con una excepción. Hace unos dos mil años, alguien llamado Jesucristo estableció la distinción entre ambos: “Dad al Cesar lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

El emperador romano Constancio II adoptó una determinada cosmovisión, el arrianismo e intentó imponerla a todos. Un obispo de Córdoba, Osio, que había sufrido tormento y destierro bajo Diocleciano y Maximinano, le respondió en 356: “Estoy dispuesto a soportarlo todo antes que derramar sangre inocente o traicionar la verdad. Haces mal en escribir como lo haces y en amenazarme […]. Dios te confió el imperio, a nosotros la Iglesia […] Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado”. Fue, según Moa de quien tomo la cita, la primera exposición concreta de la diferenciación entre el poder espiritual y el político. El obispo de Córdoba, con 100 años de edad, sufrió tortura y destierro, falleciendo al año siguiente.

La Iglesia Católica ha predicado desde entonces, con mayor o menor claridad, todo hay que decirlo, la distinción. La vida no siempre se ajusta al ideal y siempre también, entre los católicos se han dado vaivenes. Gobernantes que, aun siendo católicos, querían mangonear en la “cosa clerical”, y clérigos que querían mangonear en la “cosa pública”. Pecadores somos, y la confesión frecuente está muy recomendada. No siempre ha habido armonía, a veces ha habido enemistad, incluso con gobernantes católicos. Pero por parte de la Iglesia, la doctrina está bien clara: distinción, no confusión; y la deseable armonía que hay que intentar, aunque nunca se acabe de lograr. La historia de la cristiandad es la historia de la tirantez entre Iglesia y Estado.

¿Es así en otras religiones? No parece. Si me equivoco ya me lo dirán, pero esta doctrina solo la defiende la Iglesia Católica. Ni siquiera otros credos cristianos parecen defenderla: recordemos, como botón de muestra, que en Gran Bretaña, la reina es la cabeza también de la Iglesia Anglicana.

La cuestión de fondo es sí existe una fuente de moralidad al margen del poder político. Solo caben dos respuestas lógicas: sí o no. El catolicismo parece quedarse solo al responder afirmativamente.

A mí personalmente es una de las cosas que me gustan del catolicismo. No creo en la infalibidad del poder político y menos aún cuando predica sobre el bien y el mal.

No me gusta que los gobernantes –los congresos, los senados– de turno quieran imitar, tal vez no con tanto descaro, al emperador Cómodo de presentarse como fuente de la vida, de la ley, la moral y la religión, hasta el punto de divinizarse como reencarnación de Hércules e hijo de Júpiter.

Pero ahora ciertos gobernantes nos adoctrinan: no hay más fuente de moral que la doctrina del poder político, ante la cual todas las demás cosmovisiones, religiones o no, han de guardar silencio, si es preciso por la fuerza.

¿Nos sometemos todos al dictamen de los políticos sobre lo que está bien o está mal? ¿O nos reservamos el derecho de acudir a otra fuente diferente?

¿Apoyamos el deber de acatar al dictamen de los políticos por encima de la propia conciencia? ¿Apoyamos el derecho del poder político a coaccionar a alguien a actuar aun en contra de la conciencia? O ¿defendemos el derecho a discrepar de los gobernantes y a obedecer a la propia conciencia aun cuando ésta demande cosas distintas a las del poder político?

Esto es lo que se juega hoy en día. Hay una funcionaria encarcelada en Kentucky por decidir obedecer a su conciencia antes que al poder político.

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