¿NUEVAS FRONTERAS?

La analista principal del Wilson Center en los Estados Unidos y Jefa del Programa sobre el Medio Oriente, Marina Ottaway, ha escrito un importante ensayo en la revista “Foreign Affairs” en el que desde el título se pregunta si será necesario establecer nuevas fronteras en el Oriente Medio como resultado de la crisis política y militar que se vive en la zona, especialmente en Siria e Iraq.

 

Ella llama la atención sobre la situación de diversos grupos en el conflicto, los kurdos en particular, quienes ya han anunciado que tienen la intención de sostener un referéndum antes de fin del 2016 para determinar si es pertinente presionar por su independencia.

 

Ottaway señala que la demanda de crear nuevos estados en el área proviene de los kurdos de Iraq y de Siria, así como del Daesh o mal llamado Estado Islámico. Pero esa alternativa también tiene eco en algunos grupos sunitas en Iraq, e inclusive en algunas provincias chiitas, como Basra, que buscarían alejarse del poder central de Bagdad y lograr su autonomía. Son precisamente estas últimas provincias en Iraq las más ricas en petróleo. Obviamente quienes se oponen frontalmente a estas tendencias independentistas son los gobiernos de Iraq y Siria, con el respaldo de sus potencias patrocinadoras, los Estados Unidos y Rusia, respectivamente.

 

En el ensayo de “Foreign Affairs” se llega a la conclusión que posiblemente sólo con una profunda reforma política en los regímenes de estos países será posible lograr estabilidad; no obstante, ese objetivo parece muy remoto ya que tanto el gobierno iraquí del Primer Ministro Haider al-Abadi, centrado actualmente en una lucha contra la corrupción, cuanto el gobierno sirio, liderado por el cuestionado Presidente Bashir al Assad, no parecen tener la menor intención de llamar a nuevas elecciones o llevar adelante reformas sustantivas. En consecuencia, la estabilidad de las actuales fronteras en la zona parece estar seriamente cuestionada.

 

Sin embargo, vale la pena hacer un brevísimo recuento de cómo la zona llegó a tener los presentes límites.

 

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) el Imperio Otomano –que iba desde el Bósforo en la frontera entre Asia y Europa, hasta el golfo Pérsico, y que por ende controlaba todo el Oriente Medio- entró en la Gran Guerra en alianza con Alemania, en contra de Gran Bretaña y Francia.

 

A raíz del apoyo turco a Alemania, los británicos buscaron que los distintos grupos árabes que estaban bajo la dominación otomana se levantaran contra los turcos, lo que efectivamente ocurrió a partir del verano de 1916. En lograr la alianza de los árabes con Gran Bretaña para luchar contra el imperio turco tuvo un papel clave el orientalista Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. El objetivo de los árabes era expulsar a los otomanos y unificar todas las regiones árabes del imperio en una sola unidad nacional a la que llamaban la “Gran Siria”; Lawrence compromete todo el apoyo británico para obtener este objetivo.

 

No obstante, al mismo tiempo que los árabes luchaban para expulsar a los turcos y conseguir un gran hogar nacional, dos enviados de Francia y Gran Bretaña, François Georges Picot y Mark Sykes, negociaban y suscribían en 1916 un acuerdo secreto –con la anuencia y conocimiento de Rusia, aliado de ambos en la guerra- mediante el cual deciden que, de ser derrotado el Imperio Otomano, ambos países se repartirían el control del Medio Oriente –y por ende de sus riquezas, especialmente el petróleo-. Más allá de este acuerdo, conocido como “Sykes-Picot”, el Ministro de Relaciones Exteriores británico, David Balfour, en 1917, envía una comunicación al movimiento sionista internacional en la que señala que “el gobierno de Su Majestad ve favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y hará su mejor esfuerzo para facilitar el logro de ese objetivo”.

 

El acuerdo secreto “Sykes-Picot” es revelado públicamente en Noviembre de 1917 por el gobierno soviético -que ya había reemplazado a la Rusia zarista y se había excluido de la guerra- causando enorme desazón en los árabes. A la conclusión de la guerra, en 1919, los representantes árabes son casi ignorados en la Conferencia de Versalles, que estructura la paz luego de la Primera Guerra Mundial.

 

Posteriormente en una nueva conferencia que tiene lugar en El Cairo, en 1921, bajo la presidencia de Winston Churchill, en base al tratado Sykes-Picot, la declaración Balfour y la correspondencia entre un alto comisionado británico, McMahon, y el emir de La Meca, Hussein, se configura la división del Medio Oriente.

 

Se diseñan nuevas fronteras en Siria, Líbano y Palestina, transformando provincias en países que hasta ese momento eran inexistentes, como Transjordania –la actual Jordania-, Iraq y Kuwait, y distribuyendo el territorio de los kurdos en cuatro distintos países. La división no tuvo en cuenta vínculos tribales o etnias; la costa siria y Líbano quedó bajo el control francés, Gran Bretaña dominaba toda la zona de Mesopotamia central y meridional, en torno a la provincia de Basra y a Bagdad. Palestina fue entregada en mandato por la Sociedad de Naciones a Gran Bretaña. Y toda esta estructura de fronteras es la que en gran medida es heredada por los actuales países en el Medio Oriente.

 

No es de extrañar con todos estos antecedentes, que muchos grupos sientan que hay una necesidad de cambio y disgregación en la zona. No sería inverosímil imaginar que en gran parte del Oriente Medio se pueda vivir una redefinición de fronteras y una atomización de estados similar a la que vivió la Yugoslavia balcánica en los años 90s, otra zona que fue producto de los acuerdos emanados de la Primera Guerra Mundial, que respondían más bien a las necesidades geopolíticas de las potencias de la época, que a las realidades geográficas, étnicas o religiosas del área.

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