Las contracorrientes de la política exterior estadounidense y la sombra rusa

Las opiniones de la política exterior de Donald Trump han generado mucha controversia desde que él se convirtió en un serio contendiente en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Como presidente electo, sus observaciones y, lo que es más importante, sus decisiones iniciales, continúan afectando los nervios del aparato político de los Estados Unidos, especialmente en cuanto su juicio se vincula a la tumultuosa relación con Rusia.

Para la consternación del ‘establishment’, Trump ha nombrado al director ejecutivo de ExxonMobil, un empresario petrolero con grandes relaciones comerciales en Rusia, como secretario de Estado en la próxima administración. El tumulto que esta decisión ha causado arroja luces sobre las opiniones (y las limitaciones) de la oficialidad norteamericana sobre su política exterior y Rusia en particular. Rex Tillerson es agresivamente cuestionado por ser “un amigo de los rusos”, un empresario corporativo con posibles conflictos de intereses, por no tener experiencia política internacional y / o porque su nominación implica una política exterior desprovista de “claridad moral”. Estos argumentos merecen alguna reflexión.

Históricamente la política exterior estadounidense ha tenido la propensión de presentarse como impulsada por valores y principios. Las raíces de esta creencia son bastante complejas e incluyen un sentido de “excepcionalismo”, una creencia profundamente arraigada en la psique americana y su papel mesiánico y que tiene fuertes raíces religiosas (protestantes). Tomando prestado un término del mundo de las inversiones financieras, yo describiría esto como una política exterior “orientada al valor”. Aunque esto no es la norma en las relaciones internacionales (Rusia y China, visiblemente, no lo hacen), esta postura moral tiene viejos precedentes. Consideremos, por ejemplo, la posición de Atenas durante la guerra del Peloponeso como defensora y promotora de la democracia en los estados helénicos y la famosa oración fúnebre de Pericles que presenta a Atenas como el ejemplo a seguir (lo que recuerda también los discursos de John Kennedy en el apogeo de la Guerra Fría). Hasta donde sabemos, todo acabó mal para Atenas.

El atributo principista de la política exterior estadounidense ha evolucionado desde la independencia de este país y sus primeras incursiones en la arena mundial. Los estadounidenses temían comprensiblemente que su joven nación volviera a convertirse en una colonia europea, lo que impulsó a desarrollar una política formal de exclusión de las potencias europeas de todo el continente. “América para los americanos”, el eslogan de James Monroe, era presentado hasta muy recientemente como un llamado generoso y desinteresado para la independencia de todo el hemisferio occidental del viejo colonialismo, pero en realidad significaba mucho más. Después de la independencia de la mayor parte de Hispanoamérica y la creciente fuerza económica y militar de los Estados Unidos, se abrió una oportunidad para la hegemonía estadounidense en el Nuevo Mundo. América Latina fue el primer campo (y víctima) de la supremacía estadounidense durante el siglo XIX. Sin embargo, la política exterior estadounidense no siempre pretendía seguir una pauta moral. Aun se discute si Franklin Roosevelt dijo realmente que un dictadorzuelo de Nicaragua (o de la República Dominicana) “puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, pero la declaración reflejó francamente lo que era (y aun es, considerando algunos de sus aliados actuales) la política exterior norteamericana. Desde los primeros días, este énfasis en valores fue percibido por unos pocos perspicaces con escepticismo. Los Estados Unidos trataron de justificar su participación en la Primera Guerra Mundial como defensora de la democracia (las verdaderas razones fueron más prosaicas, incluyendo la amenaza de Alemania a los buques mercantes estadounidenses), un argumento presentado por Woodrow Wilson y que fue criticado por tener pies de barro, ya que los aliados de los EE.UU. incluían a la Gran Bretaña imperial y la Rusia zarista.

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, la etiqueta moralista en la política exterior estadounidense tomó una forma más definida. La lucha contra la Alemania nazi y el Japón imperial fue convincentemente presentada como una lucha por la libertad y (una vez más) por la democracia, aunque esta bandera nunca dejó de causar incomodidad dada la alianza de los Estados Unidos con la Unión Soviética, país considerado como el epítome de la tiranía para la mayoría de los estadounidenses. Con la derrota nazi y el creciente enfrentamiento de los Estados Unidos con la Unión Soviética y sus aliados, el enfoque en una política exterior basada en valores pudo tomar un papel más claro y con un menor riesgo de ser considerada hipócrita. La arenga marxista internacional, liderada por la Unión Soviética y la República Popular China, por la liberación mundial contra la hegemonía capitalista de los Estados Unidos, llamado que también tenía un trasfondo moral e ideológico muy fuerte, facilitó que los Estados Unidos volvieran a agitar una vez más su estandarte moralista. Esto también hizo más fácil justificar (o simplemente ignorar cualquier crítica sobre) la prolífica participación de la C.I.A. en el derrocamiento de gobiernos y otras fechorías en todo el mundo.

Aunque la supuesta corrección ética de la política exterior estadounidense todavía tiene muchos partidarios, por razones que van desde la pura conveniencia política hasta sinceras creencias ideológicas, las consecuencias reales de la política exterior norteamericana durante al menos un siglo no pueden ser ignoradas. La contribución indudable de los Estados Unidos a la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, en un lado de la balanza, es superada por décadas de muerte y destrucción en África, Asia y América Latina en nombre de la libertad. Los responsables de la política exterior estadounidense olvidaron más de una vez que actuar en nombre de la moralidad y la rectitud llevó a los peores excesos de las guerras religiosas europeas y de la Revolución Francesa. Este es el defecto fundamental de creer en una política exterior basada en valores. En las relaciones internacionales, la moralidad unilateral siempre enfrentará a la razón de Estado y será inevitablemente sacrificada. Sería más convincente, desde un punto de vista ético, creer que el principal deber de un gobierno es proteger a sus ciudadanos. “Primero tenemos que cuidar de nuestra propia gente “, el grito de batalla de Trump durante su campaña presidencial, tuvo un gran efecto. Esto, por supuesto, tiene implicaciones peligrosas cuando los gobiernos chocan, como lo han hecho durante toda la historia, en aras de la protección (correcta o incorrecta, real o supuesta) de sus respectivos pueblos. Pero éste es el mundo en el que vivimos, aunque esperamos que mejore si se llega a plasmar un nuevo orden internacional donde los principios rectores reflejen las creencias de todo el mundo civilizado.

En el actual escenario geopolítico global, la política exterior estadounidense no podría haber encontrado un adversario más convincente que Rusia. Los supuestos crímenes en Georgia, Crimea, y Siria (además de las recientes acusaciones de ‘hacking’, señaladas irónicamente por la C.I.A, maestra mundial del espionaje, y que hace poco terminó con éxito un programa de escuchas telefónicas a los principales aliados de Estados Unidos, incluyendo a Frau Merkel) han puesto a Rusia en el banquillo de los acusados e inclusive se discute sobre posibles represalias militares. Pero mucho antes de estos acontecimientos, la élite norteamericana había asimilado con gusto los antiguos temores europeos de Rusia que durante siglos vinieron de diferentes direcciones, desde los repetidos llamados de Karl Marx a una invasión prusiana para derrocar al Zar (y acabar con lo que él creía era el más despótico gobierno europeo y así allanar el camino a la revolución social europea) a la desesperada promesa de Adolf Hitler en su última proclama militar de que “Europa nunca se convertirá en rusa” (Hitler creía genuinamente que Rusia era una nación asiática). No importa lo atractivo que pueda ser la cultura rusa en ciertos segmentos del intelecto occidental, pero este vasto país aun sigue siendo un enigma. Por supuesto, en Washington D.C., todos los que están en el poder son conscientes y felices de la desaparición de la Unión Soviética hace 25 años, pero muy pocos parecen darse cuenta de que Rusia es un país muy diferente de la Unión Soviética (una confusión bien notada por Alexander Solzhenitsin). En Crimea y Ucrania, pocos políticos estadounidenses han tratado de entender la posición de Rusia y lo que significa el Rus de Kiev, y simplemente han recurrido a un enfoque de juicio maniqueo.

La antipatía particular que tienen vastos segmentos del ‘establishment’ estadounidense hacia Rusia tiene raíces complejas. La Unión Soviética simbolizó para los Estados Unidos todo lo que estaba en contra de la esencia de los Estados Unidos, es decir, su democracia liberal y su sistema capitalista. Pocos han notado que el marxismo no presenta más un desafío (o éste ha retrocedido hasta tiempos mejores), mucho menos desde Rusia.

Es tentador para los políticos estadounidenses simplificar la dinámica mundial dada la geografía sencilla de su país y su vecindario relativamente simple, en comparación con las 14 fronteras de una Rusia que fue invadida por cada potencia importante europea y asiática (más Estados Unidos durante la Guerra Civil de Rusia) en uno u otro momento de su milenaria historia. Los estadounidenses tienen dificultad para entender la profundidad del dolor de la Segunda Guerra Mundial en el alma rusa (lo que hace que los rusos ordinarios se muestren verdaderamente cautelosos frente a una potencial confrontación militar): tanto como importa cada vida, 418.500 muertes estadounidenses no pueden pesar más que los 24 millones de ex soviéticos.

En los círculos dirigentes estadounidenses, nadie da crédito (al contrario, sería risible hacerlo) al papel de Rusia en la notable disolución pacífica de la Unión Soviética, un acontecimiento único en la historia de la humanidad. Si se utilizara una medida objetiva para clasificar a los estados de acuerdo con las deficiencias percibidas por Occidente, a Rusia no le iría peor que a la mayoría de los países, pero sin embargo la percepción seguiría situándola en el fondo.

Sospecho, sin embargo, que hay límites crecientes a la fobia anti-rusa a pesar que hace poco hubo una de las campañas más sistemáticas contra Rusia llevadas a cabo por los medios de comunicación occidentales. La notable victoria de Trump es una prueba de esto.

Mientras que los medios de comunicación occidentales mantienen (y continuarán haciéndolo) su enfoque negativo sobre Rusia, las inversiones y los negocios estadounidenses en Rusia están creciendo, desde bienes raíces hasta recursos naturales. La aparente contradicción entre una política estadounidense encaminada a causar perjuicios económicos a Rusia (a través de sanciones) y un creciente entorno empresarial bilateral se aclara cuando recordamos que el beneficiario final de la agresividad estadounidense hacia Rusia es el complejo militar-industrial estadounidense, denunciado con presciencia e ironía por el primer Comandante Supremo de la OTAN y más tarde Presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower.

Durante la Guerra Fría, el impacto e incluso la existencia del complejo militar-industrial estadounidense fueron desestimados con éxito como mera propaganda comunista. Pero los hechos son abrumadores. El presupuesto de defensa de los Estados Unidos es más de un tercio del total mundial y más grande que el presupuesto combinado de los 7 países siguientes. El 59% de las ventas de armas de las 100 principales empresas del mundo son fabricadas por compañías estadounidenses. Las exportaciones de armas de los Estados Unidos representan de manera conservadora un tercio del total mundial. Los gastos de defensa de los Estados Unidos representan el 9,2% del gasto general del gobierno del país. Sería simplista reducir la política exterior estadounidense al papel de un agente viajero vendedor de armas, pero es igualmente ingenuo ignorar que la industria estadounidense de defensa tenga un impacto duradero en la toma de decisiones norteamericanas.

¿Puede la política exterior estadounidense depender de fuerzas económicas y sociales alternativas menos letales que el complejo militar-industrial? Si esto es posible, entonces tendríamos un rayo de esperanza en un mundo que día a día se vuelve más peligroso. Mientras que el consumo impulsa las ventas comerciales, la guerra (es decir, el consumo de armas) no necesita ser un motor principal de la creación de empleos y de la generación de impuestos. Una política exterior que considere intereses más amplios y más estables en las relaciones bilaterales y multilaterales podría desarrollar mejores medidas de autocontrol.

Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos presenta la posibilidad de hacer política con ojos no convencionales (es decir, menos cargados ideológicamente). Como un práctico hombre de negocios en bienes raíces, Trump tuvo que andar literalmente por la vida con sus cinco sentidos abiertos. Durante su campaña electoral, él deploró el estado de la infraestructura estadounidense en comparación con las impresionantes construcciones que el petróleo ha financiado en lugares como Dubái. Esto no podría habérsele escapado, pero es probable que eluda a la mayoría de los políticos estadounidenses que aterrizan en países extranjeros en medio de generosas recepciones y con una atención desmedida que los engaña y les impide ver el mundo real. Hasta ahora, el mundo de Trump ha sido más real que el universo de políticos, cabilderos, financistas de campaña y aduladores que rodea a Hilary Clinton.

En algún momento de su vida profesional, los políticos a tiempo completo inevitablemente pierden perspectiva. Esto les hace gravitar alrededor de las burocracias eternas (la ‘curia’ en las maquinarias gubernamentales y en los establecimientos de defensa e inteligencia) y caer en la trampa de las agendas congeladas de estas entidades. Para los políticos ambiciosos pero ineptos (y también para los oportunistas que juegan a la política), el automatismo del sistema ofrece la oportunidad de evitar asumir responsabilidades y tomar decisiones; esto es, por ejemplo, la realidad de muchos gobiernos de Europa central y oriental que siguen los dictados de la OTAN y de la Unión Europea, pero ese es otro tema de discusión.

En sus esfuerzos por reestructurar las relaciones internacionales de los Estados Unidos, Donald Trump podría construir alianzas fuertes y naturales en un mundo que ha cambiado profundamente y en donde el multilateralismo juega un papel creciente (para consternación de aquellos que pensaban que la desaparición de la Unión Soviética consolidaría el predominio mundial norteamericano). Esperamos que él entienda que los Estados Unidos tienen cada vez más limitaciones en su capacidad para ejercer su poder militar por muchas razones, incluyendo un cambio dramático en la dimensión y naturaleza de los conflictos militares y el menguante poder económico de este país. Históricamente, el poder militar excede en el tiempo al poder económico (la Unión Soviética es un buen ejemplo de esto). Sería una ironía suprema si los Estados Unidos siguieran un camino similar al destino soviético.

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