LOS NUDOS DE LA VIDA

Ana es una chica latina. Vive en París. Mamá soltera. Suena el timbre de su despertador muy de madrugada. Se arregla, toma a su bebé y se dirige a la guardería. Lo deja en su cuna. El bebé empieza a llorar. Ella le canta una canción. El bebé se tranquiliza. Sale corriendo. Toma el metro, luego un tren de cercanías, después un bus. Finalmente, llega al edificio en donde trabaja como niñera en uno de los departamentos.

La señora de la casa sale apurada y le dice a Ana que llegará con una hora de retraso, “¿no te importa, verdad?”. Ana responde titubeando que “no…” Al cabo de unos minutos, un llanto de niño se oye en uno de los dormitorios. Ana corre y encuentra al bebé de la señora. Cumple con su oficio y empieza a cantarle la misma canción que a su bebé en la guardería.
Instintivamente sus ojos se posan en la ventana, su rostro se torna triste y su mirada no puede ocultar el sentimiento de honda nostalgia que le encoge el alma.

He visto este corto de la película francesa, “París, te amo” (2006) muchas veces. A mis alumnos de maestría y a mí nos deja intranquilos.
El problema de Ana no es sólo un asunto laboral (necesita del trabajo y del dinero para sobrevivir y atender a su bebé), es un problema hondamente existencial: su corazón y cabeza están hechos un nudo que aprieta y hiere.
El nudo de Ana puede ser el nuestro. Es el enredo entre los medios y los fines. ¿Vivo para trabajar o trabajo para vivir? Trabajo por mis hijos, pero ¿tengo tiempo para ellos? ¿Acompaño su crecimiento? ¿En esta tarde, en esta noche, debo estar aquí o con los míos?

Los seres humanos nos embarcamos en una serie de proyectos y sabemos que cada meta tiene un costo. La vida misma tiene sus etapas y, de ordinario, nuestro mundo es un conjunto de relaciones interpersonales con rostros y nombres.
Se mueve una ficha y se mueve todo mi entorno. Cuántas veces, estamos a punto de salir y del fondo del cuarto sale una voz suplicante que dice “mamá, papá… no te vayas”.

La vida está llena de nudos, que no nos falte la serenidad y lucidez para saber desenredarlos.

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