ASESINATO EN LA CATEDRAL

T. S. Eliot (1888-1965) se describía a sí mismo como “clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico en religión”.

Eliot nació en Estados Unidos y se hizo ciudadano británico en 1927. Publicó “Tierra baldía” en 1922, convirtiéndose en el principal gestor del “modernismo literario”, en franco contrapunto con el romanticismo anterior. Como poeta, dramaturgo y ensayista ha quedado en las páginas de la historia cultural como uno de los grandes creadores tal como lo resaltan Paul Johnson y Daniel Boorstin, entre otros. Obtuvo el premio de literatura en 1948.

Me consuela saber que para más de un crítico literario, la poesía de Eliot es difícil de desentrañar. En “Miércoles de ceniza” y “Cuatro cuartetos”, la cercanía a los temas cristianos, facilitan al lector su comprensión.

En sus dramas, en cambio, la claridad es notoria. “Asesinato en el catedral” la escribe en 1935. Está ambientada en el siglo XII, siglo del nacimiento de los intelectuales, las universidades y el amor cortés.

Santo Tomás Becket, arzobispo de Caterbury está enfrentado al rey Enrique II de Inglaterra, por las pretensiones de la corona de limitar los derechos eclesiásticos. Después de un exilio de siete años, Becket vuelve a su diócesis y, por orden del rey, cuatro caballeros lo asesinan en la catedral.

La angustia interior del santo es bellamente expresada en los tentadores que se le presentan. De todos ellos sale bien librado, pero la tentación del orgullo es la que le hace sufrir: el martirio no como coronación de su lealtad a la Iglesia, sino como encumbramiento de su yo.

La justificación que los caballeros hacen de su acción homicida es, igualmente, reveladora de las entrañas de la política de ese tiempo -y del nuestro, por cierto-. Aparece lo que en la modernidad llamaremos “la razón de Estado” en toda su cínica eficacia: si un hombre debe morir para salvar al Reino, que muera.

Vargas Llosa, en “La civilización del espectáculo”, ha resaltado al Eliot ensayista y dialoga con uno de los textos más sabrosos del poeta: “Notas para la definición de la cultura”.

En este escrito, Eliot resalta la impronta cristiana en la civilización occidental. En la discusión, Vargas Llosa convoca a otros grandes: Edmund Wilson, Lionel Triling y George Steiner.
Un diálogo que vale la pena volver a leer ahora que nuestra civilización se ve asaltada por los golpes de la barbarie.

 

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