¿SABES LO QUE SIGNIFICA EL HOLOCAUSTO?

Le hice esta pregunta a cinco grupos de personas, totalmente desconocidas para mí, con la finalidad de saber por qué no se programa en los distritos, gremios y partidos políticos, autoridades de gobierno e inclusive las iglesias, por lo menos una jornada informativa y de educación sobre hechos que hicieron que el mundo se torne inhumano, más abusivo y totalmente irracional durante muchos años, y a la vez, destacando el inmenso sentido de solidaridad y entrega por la vida de otras personas en lo que fue la terrible Segunda Guerra Mundial.

No voy a poner las respuestas, por respeto a la Memoria de las Víctimas, por respeto a los que respondieron sin saber lo que decían, por respeto a todos en verdad. Porque creo que no es culpa de la ignorancia, sino de la indiferencia de quienes no enseñan, cuando pueden hacerlo.

Imaginemos un gobierno –autodenominado nacionalsocialista- que considera que las personas de un determinado origen no son en realidad humanos y que trata de seres inferiores. Imaginemos que estos extraños, pero a la vez compatriotas, tienen su religión pacífica y destacan en lo que hacen, sea su trabajo, estudios, profesiones, enseñanza de sus tradiciones y valores. Pero como el país está de cabeza, la crisis azota y se necesita cohesionar a un pueblo ávido de culpables, los señalamos a esos, los hostilizamos, los golpeamos, atacamos e incendiamos sus negocios, los sacamos de las universidades y escuelas, destruimos sus vidas. Les digo lo que un nacionalsocialista seguramente estaría pensando para justificarse.

Frente a eso, el pueblo señalado no respondió con violencia, trató de dialogar pero fue tarde, como siempre es tarde cuando los criminales avanzan sobre tu vida.

Los nacionalsocialistas llegaron al poder total y agruparon a ese grupo inmenso de gentes en barrios cercados, a los que llamaron guetos, como unas inmensas jaulas donde podían entrar 30 mil personas, pero colocaron una sobre otra a 200 mil. Y cuando reventaban esos guetos, trasladaban en vagones de tren, herméticamente cerrados, como conteiner con una pequeñísima ventana, a familias completas apretadas al extremo, en un viaje larguísimo que se llamaba división sin retorno.

División, porque cuando arribaban al destino impuesto, los niños iban por una lado, los jóvenes por otro, los ancianos a un extremo, hombres y mujeres separados y así comenzaba otra triste letanía, la última mirada de tu propia familia. Y sin retorno, porque el destino no era volver, ni ser libres.

A los viejos les obligaban a morir lentamente, quitándoles alimentos, medicinas, abrigo y haciéndoles trabajar en labores de alto riesgo y gran esfuerzo. A los niños los usaban para experimentos médicos, perdonen la palabra, así le decían a esa terrible tortura. A los jóvenes los explotaban físicamente y en un mes de prisión en los campos de concentración, fácilmente perdían diez kilos de peso. Una pintura horrenda se apoderó de la vida de millones de niños, hombres, mujeres, ancianos, familias como la nuestra.

Y el mundo no conocía este inframundo, mientras atormentado por la guerra seguía matándose una persona con otra, sin saber porque lo hacían.

Seis millones de judíos descansan desde esos tiempos de horror, entre los guetos, campos de concentración y hornos crematorios que no paraban de humear las cenizas de tantas vidas y corazones heridos en la esperanza.

Para que el mundo no tenga más Holocaustos, leamos, hagamos que los jóvenes lean y pongamos una película para que entiendan algo de lo que pasó y que nunca debe repetirse.

Descienda del Cielo una paz grande.

 

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