JOSÉ DE LA RIVA-AGÜERO Y SU RETORNO A LA FE CATÓLICA

Es una tradición entre muchos ex alumnos de colegios, reunirnos cada cierto tiempo en almuerzos de confraternidad para celebrar aniversarios redondos y recordar viejas amistades.

Un 24 de septiembre de 1932, hace ochenta años, se reunió la promoción de José de la Riva-Agüero (1885-1944), recoletano y limeño, y a él le toco dar el discurso de honor. Un discurso  comentado y de especial resonancia, pues nada menos que el hasta entonces liberal y agnóstico intelectual peruano, hacía profesión pública de su fe católica y se retractaba de errores que le habían llevado a alejarse de la fe de sus padres y maestros.

Alejamiento iniciado desde muy joven cuando –cuenta en su discurso- “lecturas imprudentes y atropelladas, petulancia de los años mozos me llevaron, desde los últimos cursos escolares, a frisar en la heterodoxia. Nietzsche, con sus malsanas obras y especialmente con su “Genealogía de la moral”, me contagió su virus anticristiano y antiascético”.

Ciertamente, los primeros 30 años del siglo XX abundan en conversiones al catolicismo de intelectuales de primera nota. Así lo hace notar el mismo Riva-Agüero en un discurso posterior de 1934 con ocasión de un homenaje a su gran amigo, Víctor Andrés Belaunde: “El fenómeno de la conversión al catolicismo es frecuente, y si no debemos blasonar de ella, porque es gracia divina concedida de lo alto a los modestos, no somos tampoco lo encogido e infelices que tendríamos que ser para ocultarla y avergonzarnos ruinmente de ella.(…). Quien ha vivido en Europa y ha leído, conoce las que sin cesar acontecen en Italia y Portugal, y más aún en Francia y en  Inglaterra”.

Riva-Agüero se sentía afín a estos escritores, todos ellos de renombre y con peso en la intelectualidad europea del momento. Chesterton (1874-1936), converso al catolicismo, escritor predilecto, también, de Jorge Luis Borges. Agudo en sus comentarios, brillante en el manejo de la paradoja. Crítico de su tiempo, excéntrico y contestatario. Todo un personaje en su época y en la actual, cuyos libros se siguen reeditando. Su sentido del humor hizo que la crítica a la modernidad que enarboló resultara amable en el entorno polémico en el que se desenvolvió.

Igualmente,  Maritain (1882-1973) es otro converso,  cuyas ideas sobre la persona y sus  derechos influyeron en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Se había formado en un ambiente familiar protestante y liberal. Su encuentro con Bergson llena el vacío que encontraba en el positivismo de la época e inicia el camino al catolicismo. Es, en su juventud, un crítico firme de la modernidad filosófica y un gran cultor del tomismo.

En su regreso a la fe católica, Riva-Agüero no estaba solo. Ya Víctor Andrés Belaunde le había precedido bastante años antes. Y si vuelve a la fe, “beneficio estimable, no concedido a todos”, se debe en gran medida a la formación que recibió en su hogar de parte de su madre y tía y aquella otra que le dieron sus maestros del Colegio de los Sagrados Corazones Recoleta.

No es emoción o revelación intempestiva, es más bien arduo trabajo intelectual en busca de una verdad que le devuelva el sosiego perdido. Su amor por la especulación y las ideas siempre lo mantuvo alejado de todo tipo de materialismo. Su propensión al orden y al sentido común le apartó pronto de toda dialéctica hegeliana o marxista.

Llega a comprender la necesidad lógica del Absoluto, pero sólo el Dios cristiano “justo y misericordioso, capaz de abonar y redimir” es el que finalmente aquieta su espíritu.

Un peregrinaje de hijo pródigo que termina –dice Riva-Agüero al final de su discurso- “en el regreso a su legítima heredad espiritual para ser un servidor leal de su Dios, de su tradición y de su pueblo”.

Related News