LAS BUENAS PRÁCTICAS DE LOS MEJORES PROFESORES UNIVERSITARIOS

He terminado de leer un sugestivo libro, de esos que invitan a seguir pensando por cuenta propia. El título es elocuente: Lo que hacen los mejores profesores universitarios (Valencia, 2007). Su autor, Ken Bain, presenta los hallazgos a los que llegó su equipo después de una larga investigación en diversos campus universitarios de Estados Unidos tratando de identificar las buenas prácticas de la excelencia docente. En esto Bain no hace sino recordarnos lo que la sabia tradición griega recomendaba para la práctica de las virtudes: se quieres aprender a ser prudente, mira al hombre prudente. Echemos, pues, una mirada a las prácticas de esos buenos maestros.

Lo primero que salta a la vista es que no hay una real comunidad de maestros y alumnos allí donde los profesores no se tomen en serio a los estudiantes. Hay que apostar por todos y cada uno de ellos. Sólo desde este real interés la  exigencia  se hace razonable, sin dejar de ser amable. Así lo ha comprobado Bain, quien en su estudio afirma que “los mejores profesores tienden a buscar y apreciar el valor individual de cada estudiante. Más que separarlos en ganadores y perdedores, genios y brutos, buenos y malos estudiantes, buscan las capacidades que cualquier persona pudiera poner sobre la mesa”.

Ahora bien, estamos en la universidad para pensar y enseñar a pensar, para aprender a vivir creativamente. Y ya sabemos que los conocimientos no se instalan por ósmosis en el intelecto de los alumnos. Existe toda una disciplina de estudio y esfuerzo serios que los profesores hemos de transmitir. Pero hay que  ir a lo esencial, poniendo  el énfasis en el tronco y sus arborescencias y no en las zarzas del camino. Jean Guitton, por ejemplo, era un maestro de la exigencia ponderada. Solía decir: “soy condescendiente con las faltas de ortografía de mis alumnos, porque son falta de memoria; pero no paso las faltas de redacción, porque son faltas de capacidad discursiva”.

Cerrar filas o hacer cuestión de Estado en nimiedades, tratando a nuestros alumnos como si fueran niños malcriados, terminan haciendo odiosa la clase o la evaluación. No olvidemos que la universidad es el lugar en donde anidan las artes liberales y donde habitan, con elegancia y garbo, los amigos de la sabiduría, atentos siempre a reflexionar sobre los avatares de la vida, y no sobre el número de palabras por respuesta.

La universidad es, también, el ámbito natural para reconciliar la excesiva especialización con la necesaria unidad de los saberes. Los profesores que Bain y su equipo estudiaron tenían esta preocupación en el trabajo de sus disciplinas, “ponían énfasis en la búsqueda de respuestas a preguntas importantes, y a menudo animaban a los estudiantes a utilizar las metodologías, los supuestos y los conceptos de varios campos para resolver problemas complejos. Con frecuencia incorporaban  publicaciones de otras áreas en su docencia y hacían hincapié en lo que eso significa para conseguir una educación. Hablaban del valor de una educación integral en comparación con otra fragmentada en asignaturas sueltas”.

Como se ve, no hemos de renunciar a la formación humanística de nuestros alumnos en tiempos tan faltos de sabiduría y tan abundantes en fragmentos inconexos de información.

Finalmente, en palabras de Carlos Cardona, los profesores universitarios nos enfrentamos a la gran tarea de “transmitir con el buen saber, con el buen hacer y con el propio bien vivir, la verdad de la persona íntegra”.

La práctica docente, en efecto, nos muestra que sólo se aprende de quien se ama y por eso hemos de procurar ver con buenos ojos a nuestros alumnos y huir de la tendencia a encerrarnos en las propias trincheras, acumulando pericia en el mejor de los casos, pero ajenos a los afanes de quienes formamos. Cercanía y afabilidad, ciertamente, que no significa confusión de ámbitos; es tan sólo enseñar a querer queriendo.

 

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