EL PROGRAMA MOBIPRO Y EL EMPLEO JUVENIL

En muchos países europeos hay demasiados jóvenes en el paro y, sin embargo, en Alemania faltan trabajadores cualificados. Parece que nos encontramos ante un caso típico de oferta y demanda llamadas a encontrarse para satisfacción de ambas partes, una que demanda un servicio y otra en situación de prestarlo. Claro que no basta con el mero deseo de trabajar. Las barreras de entrada en el ámbito germánico son considerables: además del idioma, están las diferencias culturales y las exigencias específicas del mercado laboral. Como la necesidad acucia, el Gobierno alemán facilita la rápida inserción de esos jóvenes: el Ministerio federal de Trabajo y Asuntos Sociales creó en 2013 el programa especial “Promoción de la movilidad profesional de jóvenes europeos en paro e interesados en la formación” (MobiPro-EU).

Se trata de fomentar la movilidad entre los jóvenes profesionales. Así se matan dos pájaros de un tiro: se reduce el elevado paro juvenil en diversas regiones europeas y se proporciona mano de obra cualificada a la economía alemana, que registra pleno empleo y no consigue suficientes trabajadores. El programa se dirige a jóvenes entre 18 y 35 años (en casos excepcionales, hasta 40 años). En estos momentos se acogen a ese régimen unos 5.000 jóvenes. Los que han completado la enseñanza elemental pueden adquirir en Alemania una formación profesional específica, mientras que los titulados en su país de origen, pero sin trabajo, se forman para laborar en empresas alemanas. Como resulta comprensible, el principal obstáculo en ambos casos es el desconocimiento del idioma, de ahí que el núcleo de MobiPro-EU sea la enseñanza del alemán, tanto en los países de origen como en la propia Alemania. Además, el programa ayuda a tramitar la convalidación de los diversos estudios y títulos. En fin, se trata de que nadie dispuesto a trabajar en Alemania deje de hacerlo cualquiera que sea el motivo.

Cinco años de MobiPro-EU permiten hacer balance, siquiera provisional. Podemos fijarnos, a título de ejemplo, en lo ocurrido en Brunswick, ciudad del norte de Alemania. Allí es la Cámara de Industria y Comercio quien gestiona el programa. El responsable cuenta que en 2015 llegaron a la ciudad 25 jóvenes españoles -23 varones y dos mujeres-, con edades entre 18 y 24 años. No estaban particularmente cualificados. Después de asistir a un curso de alemán, se repartieron en diversas empresas, dispuestos a aprender un oficio en el ponderado sistema de formación profesional dual, que combina el aprendizaje teórico en el aula y la práctica en el taller o la fábrica. Al cabo de tres años, de los 25 solo siguen 5, que están a punto de obtener su título y de los que dos han anunciado su deseo de quedarse en Alemania. Los demás fueron abandonando, quejosos por el alto nivel de exigencia que implica compaginar estudio y trabajo y, en especial, por la escasa oferta lúdica o recreativa: en el norte la gente se recoge temprano, pues hay que madrugar para ir al trabajo. La vida les resultaba aburrida: anochecía temprano, poca gente en la calle, bares cerrados. Brunswick no es un caso aislado, una especie de islote “de castigo” en un mar placentero. La experiencia se repite en las demás ciudades: los jóvenes provenientes del sur de Europa no suelen aguantar ese ritmo de trabajo. En cambio, los que vienen del este europeo rinden de modo satisfactorio.

No sé qué habrá sido de esos compatriotas que han regresado a España sin terminar su formación, pero su peripecia da que pensar. En las sociedades del centro y norte de Europa se puede tener la impresión de que todo se supedita al trabajo: la gente vive para trabajar, mientras que los jóvenes emigrados a Brunswick preferían trabajar para vivir. Muchos miembros de su generación comparten esa actitud, y está bien. El ideal del yuppie, tan de moda hace unos decenios, ha perdido atractivo para los jóvenes de hoy. En la vida de una buena parte de esta generación priman otros objetivos: pareja, familia, voluntariado, aficiones. Nada que objetar, es más, seguramente tienen razón. No obstante, los mayores observamos este fenómeno con cierta desazón. Muchos de esos jóvenes se apuntan sin escrúpulos a las ventajas del Estado de Bienestar, que con frecuencia comienza en el hogar familiar: se apalancan en el “Hotel Mamá”, donde reciben todo tipo de atenciones (gratuitas) y tienen a cambio pocas obligaciones con unos padres permisivos. Si esta generación quiere cambiar el modelo de sociedad, algo legítimo y, tal vez, de lo más necesario, tendría que arremangarse y ponerse manos a la obra. Hace falta algo más que limitarse a ir tirando.

También los adultos –padres, educadores, autoridades— podemos aprender de experiencias como la de MobiPro-EU. ¿Cómo estamos formando a las nuevas generaciones? ¿Qué valores inculcamos, con nuestro discurso y con nuestro ejemplo?

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