LA GUERRA POR LA PAZ

Hoy celebramos la paz en Torre Tagle. Pero a mí me toca hablar de la guerra en la que ganamos esa paz.

Conmemoramos el proceso de negociación más importante de la Historia Diplomática del Perú. Lo construimos sobre los cimientos de la Declaración de Paz de Itamaraty, un acuerdo arrancado de las fauces de una guerra en la que, a pesar de su heroico esfuerzo, nuestros soldados no expulsaron las tropas invasoras.

Fue la guerra por la paz entre dos vecinos separados por las fronteras artificiales heredadas de las viejas luchas independentistas que, por desgracia, no forjaron repúblicas pacíficas sino pendencieras.

Esa paz que le ganamos a la guerra fue la victoria de dos hermanos malquistados por un Libertador cuyo discurso integrador no fue consistente con la desintegración de los territorios sudamericanos del Perú, Ecuador y Bolivia que, durante siglos, vivieron integrados hasta el advenimiento del Libertador.

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La acción de la diplomacia en este proceso,
que a varios de los presentes nos tocó conducir, se inició tres semanas después de la visita a Lima del Vice Canciller ecuatoriano, mi amigo Jaime Marchand en diciembre de 1994. Hasta entonces, Torre Tagle no sabía — porque no fue informada — de las tensiones militares en los lejanos confines del Alto Cenepa, donde aparentemente regía una suerte de modus vivendi informal entre los destacamentos de los dos países.

Tampoco sabíamos que hubiera soldados ecuatorianos ocupando bases con nombres extraños como Cueva de los Tayos, Base Sur o Tiwinza. Nuestro Archivo de Límites solo tenía un viejo croquis de la Comisión Mixta Demarcadora donde aparece Tihuinza (con “h”) en Ecuador, en cuya división política oficial aparece como un cantón de la Provincia de Morona- Santiago.

Era la misma estrategia del Falso Paquisha que terminó con la expulsión militar de los invasores, aunque no llegáramos a un acuerdo diplomático como el que sí logramos en el Cenepa, no obstante que el territorio nacional no pudo ser desocupado por la fuerza.

Me enteré de las tensiones militares porque el Vicecanciller Marchand me alcanzó la transcripción de una conversación entre los comandantes peruano y ecuatoriano en esa zona de frontera. El nuestro exigía el retiro inmediato de los infiltrados para no repelerlos por la fuerza.

Marchand aguardó mientras preguntaba al Premier y Canciller Goldenberg si conocía tan grave situación. Como no sabía, llamó insistenmentemente al Jefe del Comando Conjunto, quien nunca contestó ni devolvió las llamadas. Torre Tagle pasó vergüenza frente al Vice Ministro invitado, quien partió con la certeza de que la diplomacia era marginada para dejar el campo a la acción militar.

La tensión se agudizó por la frecuencia de los choques entre los infiltrados y nuestras patrullas. Solo entonces fuimos convocados por mi recordado amigo, el Presidente y los Comandantes Generales antes de la guerrilla de comunicados y los vuelos de helicópteros.

Acosado por la beligerancia del conflicto el Presidente Duran-Ballén “convocó a los Embajadores de los Países Garantes del Protocolo de Río de Janeiro” en su condición de tales, acudiendo al mecanismo de solución previsto en el tratado.

Pero jugó una carta escondida al solicitar
la mediación de la OEA. Recibió en Quito a su nuevo Secretario General, el ex Presidente Cesar Gaviria, quien después llegó a Lima el 29 de enero, premunido del respaldo ecuatoriano.

Lo recibí el día del Aniversario del Protocolo de Río y lo llevé a una rápida reunión en Palacio, donde el Presidente subrayó la importancia del respeto de la OEA al mecanismo de los Garantes que, por ser obligatorio para las Partes, debía ser firmemente respaldado por el sistema interamericano y su Secretario General. Al final, le pedimos transmitir mi invitación al Vice Canciller ecuatoriano para iniciar, de inmediato, negociaciones directas en Lima.

Seguros que la invitación no prosperaría, aprovechamos el Aniversario del Protocolo para proponer una reunión de vicecancilleres con los Garantes en Rio de Janeiro. Dos días antes, el 27 de enero, habíamos recibido su trascendental “Comunicación”, ofreciendo enviar una misión de observadores, y urgiendo “una solución duradera para los impases subsistentes (…) con el concurso permanente de los Países Garantes, de acuerdo con el Protocolo de Rio de Janeiro.”

La expresión “impasses subsistentes” era una fórmula inteligente y liviana para referirse al “problema territorial” que Ecuador dramatizaba, minimizando la sustancia de los desacuerdos que interrumpieron la demarcación de la frontera.

La fórmula más audaz que habíamos encontrado hasta entonces para referirnos al temible “problema” fue un aporte de Carlos García Bedoya. Los documentos de los años ´70 mencionaban tímidamente el objetivo común de “superar todos los obstáculos perturbadores de la vecindad”; una expresión elíptica que sucumbió en los avatares de una relación tempestuosa.

Pero “impases subsistentes” sonaba realista y aligeraba la entidad jurídica de desacuerdos inocultables. Además, nadie objetó la fórmula cuando fue utilizada por los Garantes.

Sobre esas bases auspiciosas tuve varias conversaciones con el Secretario General de Itamaraty, Embajador Sebastián do Rego Barros (QEPD), antes de urgirlo a convocar la reunión de Vice Cancilleres que propusimos celebrar en el antiguo palacio de Itamaraty de Rio de Janeiro donde firmamos el Protocolo en enero del ´42. Mi participación fue confirmada por un comunicado el día del aniversario del tratado.

El 30 de enero llegamos para la reunión citada a las 3 de la tarde, desbaratando el plan de Durán Ballén, que pretendía consolidar su precaria presencia en el Cenepa con el acuerdo previo de “un cese de fuego establecido incondicionalmente por los dos Países”.

Forzado por mi presencia en Río tuvo que autorizar el viaje de su Vicecanciller, que llegó a la medianoche de ese día interminable, pero con instrucciones de conversar solo con los Garantes.

Esperamos hasta la medianoche, mientras yo recibía llamadas abiertas del Presidente para decirme que la flota naval estaba por cruzar la frontera marítima para aplicar una estrategia alternativa que nos sacaría del infierno del Cenepa.

Finalmente, la paciencia de los Garantes se agotó. Terminaron su inconducente encuentro con Fernández de Córdoba. Con extrema discreción, lo trajeron a conversar conmigo en la biblioteca del viejo Itamaraty, refugio de nuestra delegación.

La reunión comenzó mal. Una queja destemplada del Vice Ministro ecuatoriano provocó la violenta reacción del Vice Canciller brasileño, a quien tuve que apaciguar amigablemente, aludiendo a la presión de nuestro colega quiteño. Así arrancaron las extenuantes conversaciones de Río.

Al día siguiente, visité a mi colega ecuatoriano para concertar los elementos iniciales de un acuerdo para la reunión con los Garantes, cuya persistencia en la presentación de propuestas venció los obstáculos ecuatorianos hasta llegar al acuerdo que mi contraparte aceptó.

Pero la celebración fue efímera. Obsesionado por el cese de fuego incondicional previo a la negociación, Durán Ballén lo desautorizó, con un inútil sacrificio de vidas porque el acuerdo frustrado en Río revivió en la Declaración de Paz de Itamaraty que firmamos en Brasilia.

Tan pronto llegué recibí la deferente visita del Vice Canciller Do Rego Barros con una copia del viejo Memorandum de su padre, Asesor Jurídico de Itamaraty en 1942, absolviendo una consulta de su embajador en Lima sobre la garantía estipulada en el Protocolo.

Con humor sardónico me leyó ceremoniosamente el punto quinto: “ Pienso, al igual que Clovis Bevilaqua, que el garante prometió su cooperación y está obligado por ella, aún cuando tenga necesidad de hacer sacrificios, aunque tenga que utilizar medios violentos, a conseguir la ejecución de lo pactado”. Era un mensaje fino y tranquilizador de quién ejercería la coordinación de los Garantes.

Pero en el clima electoral del Perú a dos meses de los comicios de abril se exigía expulsar “hasta el último” invasor antes de negociar. Era una desgraciada coincidencia con problemas tan delicados como la venta de armas de Chile y Argentina al Ecuador. Santiago resolvió inmediatamente sus contratos, pero el otro era un grave caso de contrabando. Felizmente, logramos soportar los embates internos sin afectar la relación con dos de los cuatro Garantes.

Así como en Río, los trabajos de Brasilia se enfocaron en cesar el fuego; separar las fuerzas; desmovilizar el apoyo estratégico; diseñar una sólida arquitectura de seguridad para resguardar las conversaciones sobre los “impases subsistentes”; y asegurar que el proceso se daría en el marco del Protocolo de Río.

Insistí que se emitiera simultáneamente una Declaración de los Países Garantes reiterando su compromiso de asistir a las Partes, “cumpliendo a cabalidad todas las responsabilidades asumidas al suscribir como garantes el Protocolo de Janeiro del 19 de enero de 1942”. Era una precaución para que no se repitieran sus reticencias en los últimos cincuenta años.

Cerré los textos finales en una reunión nocturna con los Garantes, a quienes ofrecí informar tan pronto tuviera la aceptación presidencial para anunciar nuestro respaldo.

Al día siguiente, llamé al Presidente muy temprano, pero había viajado al Cenepa, donde se bloqueaban sus comunicaciones para evitar nuevos disparos de mortero. Como no logré que el Canciller me autorizara a dar la conformidad del Perú, tuve que ejercitar mi escasa paciencia en la serena compañía del joven colega que me ayudó a esperar: el entonces Consejero de la Embajada en Brasilia, Néstor Popolizio.

El Presidente se congratuló por los resultados, pero no anticipó que Ecuador aprovecharía nuestro retraso para adelantar su conformidad, revirtiendo la negativa impresión que dejó al rechazar el acuerdo de Río. A pesar que conocía la verdad, el Canciller Leoro aprovechó para acusarnos de esconder “inconfesables propósitos de seguir manteniendo una actitud agresiva”.

La Declaración de Paz de Itamaraty y la de los países Garantes fueron firmadas simultáneamente el 17 de febrero y quedamos a la espera de la inmediata aplicación de lo pactado. Al regresar a Lima, fue doloroso ver al acuerdo convertido en blanco de una campaña electoral en la que, además, me hicieron víctima propiciatoria de una negociación tan difícilmente lograda.

Días después, los enfrentamientos se reanudaron y frustraron la misión de avanzada de la MOMEP. Chile propuso aprovechar la investidura presidencial en Uruguay para reunir a los Cancilleres y firmamos la Declaración de Montevideo. Esta empalmó con el ofrecimiento chileno de enviar sus observadores, lo que precipitó la decisión de la misión de avanzada de los Garantes para supervisar el cese de las hostilidades. Recién entonces comenzó a aplicarse la Declaración de Paz de Itamaraty.

Semanas después, frente a una minuciosa maqueta del Alto Cenepa, especialistas militares del Comando Sur norteamericano mostraron el entrelazamiento de las tropas y lo peligrosas que podían ser su separación y extracción.

La operación fue tan compleja que se hizo en seis etapas que terminaron dos días antes que venciera el plazo de tres meses que dimos a la MOMEP en Itamaraty; plazo que fue renovado 533 veces hasta julio de 1999. Su trabajo final fue supervisar el desminado para colocar los hitos faltantes en la frontera.

Mantener la Misión costó $ 34 millones prorrateados entre Perú y Ecuador. Su operatividad fue asegurada por los Términos de Referencia y la Definición de Procedimientos acordados en marzo y agosto del ´95, después de convenir el perímetro de la Zona Desmilitarizada de 528 km2 que entró en vigor en cuanto fue recomendada por la MOMEP.

Nada ilustra mejor el ambiente de encono en que logramos estos avances que los cinco meses de espera de los prisioneros de guerra para ser canjeados.
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Tiempo después, durante la famosa crisis de los rehenes, dos de los cuales nos acompañan, el Presidente organizó la visita de Abdalá Bucaram al Perú, en enero de 2017.

A pesar de su febril antiperuanismo, fue el primer mandatario ecuatoriano que tuvo el coraje de visitar oficialmente el Perú, e incorporar la reconciliación binacional entre los tres principales objetivos de su brevísimo gobierno. “No habrá paz sin perdón. Tenemos que aprender a perdonarnos”, dijo en su primer discurso.

Era el mismo Buraram que había denunciado la Declaración de Paz de Itamaraty como el fruto de un supuesto conflicto de intereses entre Fernández de Códoba y yo, que el partido Unión por el Perú utilizó en su campaña electoral para desacreditar el acuerdo.

A las tres semanas Bucaram fue destituido por “incapacidad mental”, provocando la famosa “noche de los tres presidentes”. El Presidente del Congreso, Fabián Alarcón, resultó designado como “Presidente Constitucional interino”, función que ejerció durante año y medio.

Lamentablemente, la fragilidad y turbulencia políticas estimularon la memoria de los generales ecuatorianos, que no solo recordaron la derrota de Paquisha sino reavivaron su decepción porque su pregonada victoria en el Cenepa era desperdiciada por su diplomacia. Y una vez más, infiltraron tropas en el Perú.

Era la oportunidad que nuestros militares esperaban para reivindicar su frustración de 1995. Los planes de ataque solo aguardaban la orden presidencial, felizmente frenada por nuestra diplomacia.

Ese fue el contexto del discurso inaugural del Presidente Jamil Mahuad, cuya elección fue providencial para la paz. El Perú minimizó su presencia en la ceremonia de investidura para evidenciar su indignación por la nueva infiltración ecuatoriana.

El primer mensaje de Mahuad fue esperanzador:

“Quiero hacer un llamado al Presidente Fujimori para que en un esfuerzo conjunto, responsable y solidario, pensando en el futuro de nuestros pueblos, firmemos la paz. (…) Creo en la diplomacia directa. (…) Le invito Presidente Fujimori a (…)conocernos más, entendernos mejor y mejorar el nivel de vida de nuestras gentes. (…) Evitemos los riesgos de un conflicto armado. Desmilitaricemos la zona y rodeemos a las conversaciones de paz del ambiente de tranquilidad que necesitan para arribar a puerto seguro”.

La discordancia sobre la desmilitarización del área donde las tropas estaban con el dedo en gatillo provocó las mismas tensiones que precedieron a las hostilidades del Cenepa.

El Canciller argentino Di Tella, que conversó con Mahuad en Quito antes de visitar Lima, prestó un invalorable servicio para cerrar el acuerdo sobre la Zona de Vigilancia y Control que los Presidentes Fujimori y Cardoso anunciaron en Brasilia, tres días después.

El Presidente brasileño llamó entonces a Mahuad, haciendo suyo el pedido de Fujimori para que se reunieran en la transmisión de mando en Paraguay y pudieran conocerse, y relanzar el proceso de paz casi liquidado por la inminencia de una nueva guerra.

Con respetable honestidad, Francisco Carrión confiesa en su libro que el Canciller Ayala y él recomendaron no efectuar el viaje, pero que Durán Barba – Secretario General de la Administración y asesor de Mahuad – lo apoyó con vigor. Su testimonio aporta un elemento histórico nuevo y sustantivo porque demuestra que el punto de inflexión en la relación bilateral no provino de la diplomacia ecuatoriana, como generalmente se presume.

Durán adquirió fama por llevar a Macri a la presidencia argentina.
Pero más importante fue el rol de su consultora Informe Confidencial con el Perú.

Recordemos que su encuesta de 1993 demostró que más del 55% de ecuatorianos quería la paz aún en base al Protocolo de Río de Janeiro, como revelé en Quito. Esa información permitió conocer cinco muestreos previos y secretos, además de la amplia encuesta que, años atrás, Oswaldo Hurtado encomendó después de Paquisha.

Militares tan poderosos como Paco Moncayo perjuraban que la enemistad con el Perú era el único factor de cohesión de la nación ecuatoriana, dogma que fue destrozado por mediciones de opinión coherentes con la paz reclamada por multitudes durante la visita de Fujimori a Quito en enero de 1992.

Solo la continuidad de esas encuestas a partir de 1989 puede explicar que los acuerdos que hoy conmemoramos fueran mejor recibidos en Ecuador que entre nosotros a pesar que descartaban aspiraciones territoriales tan arraigadas en nuestros vecinos.

El compromiso inaugural de Mahuad y su decisión de reunirse con Fujimori y Cardoso en Paraguay propiciaron la diplomacia presidencial directa para enfrentar entrampamientos que exigían la capacidad de decisión propia de los Jefes de Estado.
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La paz con Ecuador es un edificio bien construido desde sus cimientos. Es una obra edificada, piso por piso, con el esfuerzo de presidentes, cancilleres, vicecancilleres, diplomáticos, militares y expertos peruanos y ecuatorianos.

Es un éxito modelar en la accidentada historia de la solución pacífica de controversias internacionales y demuestra la inteligencia de un tratado negociado con anterioridad a la Carta de Naciones Unidas y el Pacto de Bogotá, convenciones referenciales del Derecho Internacional.

En 1942, el Protocolo de Río de Janeiro, actor jurídico central del proceso, consagró obligaciones precisas para asegurar su cumplimiento a través de la garantía encomendada a cuatro Estados que aportaron su decisiva cooperación. La guerra del Cenepa activó ese mecanismo, cuya idoneidad se puso a prueba.

Los resultados fueron posibles gracias al liderazgo del Brasil y a la sabiduría del Presidente Cardoso, que se comprometió personalmente desde principio hasta el fin del proceso, de la mano con el Presidente del Perú, con quien forjó una estrecha relación.

Hechos y testimonios evidencian que uno de los objetivos iniciales de Fujimori fue lograr que Perú y Ecuador sean “amigos”, como declaró a Roberto Aspiazu del Canal 10 de la TV ecuatoriana el mismo día que ganó las elecciones del ´90.
— En 1995, fue firme en la decisón de evitar el desbordamiento de la guerra del Cenepa a otros frentes, lo que me permitió negociar la Declaración de Paz de Itamaraty.
— En noviembre del ´97 ordenó firmar la Declaración de Brasilia, base del Cronograma que fijó plazos a la negociación.
— Y en julio y agosto del ´98 conjuró el peligro de otra guerra desmilitarizando la zona conflictiva y extendiendo la jurisdicción de la MOPEP.

Fujimori ha sido el motor de la paz con Ecuador de la mano con el Presidente Cardoso. En el tramo final, se sumó el Presidente Mahuad, quien inició su mandato invocando la diplomacia presidencial de la que fue protagonista decisivo.

Su ausencia en las conmemoraciones del XX Aniversario de la Paz, que celebramos en Quito, invita a reflexionar sobre la importancia de honrar la verdad histórica y hacer justicia a los actores sin los cuales no habríamos puesto fin a casi dos siglos de conflictos y enemistad entre los dos países, inaugurando una era de paz, hermandad, cooperación e integración entre nuestros pueblos.

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