BRECHA   EN   LA   CONFIANZA
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BRECHA EN LA CONFIANZA

De nuevo, uno de los platos fuertes del reciente Foro Económico Mundial de Davos fue la presentación del informe Edelman sobre la confianza (Edelman Trust Barometer 2019). Se trata de la investigación que lleva a cabo desde hace diecinueve años la consultora estratégica Edelman para examinar el papel de la confianza en el mundo. Se analizan los 27 países más desarrollados, con una metodología cuantitativa y cualitativa: 27.000 entrevistas a una muestra representativa (1.000 por país) y 6.000 entrevistas en profundidad a personas cualificadas (500 en Estados Unidos y China, 200 en los demás países). El trabajo de campo se realizó entre el 19 de octubre y el 16 de noviembre de 2018. El informe goza de prestigio y su carácter anual permite valorar con rigor la evolución del clima de confianza en el mundo desarrollado.

Aunque el tema investigado es siempre el mismo, la confianza, cada año se subraya algún matiz particular. Los dos años anteriores fueron “La confianza en crisis” y “La batalla por la confianza”. En esta ocasión el tema era “La confianza en el trabajo”. El Barómetro de Edelman se centra en el ámbito económico y empresarial, pero también da pistas sobre la índole general de nuestras sociedades.

Edelman pregunta a los participantes en la encuesta por su confianza en el gobierno, las empresas, los medios de comunicación y las ONG, a quienes puntúan entre 0 (ninguna confianza) y 9 (completa confianza). Con la media de las respuestas obtiene el llamado “índice global de confianza”, que este año ha subido ligeramente respecto a 2018: de 49 a 52 puntos. Se podría discutir la validez de una medición de este tipo, pero su evolución en el tiempo indica de modo fiable la tendencia de la magnitud medida. El ligero ascenso registrado este año apenas maquilla la pérdida general de confianza que han ido sufriendo las sociedades desarrolladas durante los últimos años. La gente parece sentirse perdida en un mundo que se ha vuelto demasiado complejo. Crece la desconfianza frente a las grandes instituciones y sus representantes: política, banca, medios de comunicación, empresas y sindicatos.

Este año el informe analiza con detalle la “brecha de confianza” que se da entre los grupos bien informados (líderes sociales, directivos, intelectuales, titulados universitarios, todos con ingresos superiores a la media) y la población en general (65 puntos frente a 49). Los primeros encaran el futuro con optimismo, mientras que los segundos sienten temor ante las consecuencias de la digitalización en el contexto de un mundo globalizado. Se agudiza el miedo a una fractura de nuestras sociedades en dos clases: de un lado, una minoría preparada, beneficiada por los avances tecnológicos; y, de otro, una mayoría iletrada, descolgada sin remedio y condenada a la marginalidad. No sorprende que los supuestos perdedores de la cuarta revolución industrial se echen en brazos de populismos de diverso género. Pero ese recelo no siempre tiene fundamento: los países que emplean un mayor número de robots industriales (Japón, Alemania, Estados Unidos) tienen a la vez una menor tasa de paro. De momento no hay motivo para suponer que la automatización genere desempleo.

Se confirma, además, una tendencia presente desde hace años: desconfianza ante lo macro, confianza en lo micro. Mientras que las grandes instituciones suscitan recelo, se busca reconocimiento y acogida en los pequeños grupos donde se da el contacto cara a cara: familia, pareja, amigos. La familiaridad ayuda a generar confianza: los partidos políticos merecen una mala nota, pero se juzga positivamente a políticos conocidos personalmente. El propio jefe es mejor valorado que las empresas del sector, y los consumidores se fían más de las compañías cuyos productos adquieren habitualmente.

Es posible recuperar la confianza perdida, pero se requiere un esfuerzo considerable y prolongado. Se presentó también en Davos una investigación sobre la imagen de las empresas, elaborada por la empresa suiza Media Tenor: diez años después del estallido de la crisis, los bancos siguen teniendo una imagen muy negativa (a lo que ha contribuido su conducta posterior a la crisis, me permito añadir). Cuesta mucho trabajo rectificar una percepción negativa en la opinión pública. Dar la vuelta a esa imagen es cometido clásico de los líderes –representantes políticos, directivos empresariales-, de los que se espera buen ejemplo, honestidad y trabajo. Es claro que no todos los actores sociales tienen igual responsabilidad. Se desea que los tres mil invitados al Foro de Davos –es todo un reto para los controladores aéreos suizos regular el tráfico de sus aviones privados— vayan por delante. El glamour obliga.

Frente a la ligera mejoría global, España destaca negativamente: va a la cola en la puntuación de los diversos apartados y encabeza en algunos casos la pérdida de confianza. Acompañamos a países como Rusia, Brasil o Sudáfrica. Este dato no sorprende a la vista de nuestra situación –más bien, avala la fiabilidad del Barómetro–.

5 febrero, 2019

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