POSVERDAD Y EDUCACIÓN. NO TENEMOS CLARO A LO QUE NOS ENFRENTAMOS
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POSVERDAD Y EDUCACIÓN. NO TENEMOS CLARO A LO QUE NOS ENFRENTAMOS

El término posverdad tiene muy poco de haber entrado en nuestro lenguaje. Desde que en 2016 la palabra post-truth ingresó en el Oxford English Dictionary, su inclusión dentro de los diccionarios de diversas lenguas se ha ido propagando ininterrumpidamente. La palabra en cuestión hace referencia a aquellos sucesos que denotan experiencias en las que la apelación a los sentimientos y las creencias individuales son más importantes en la formación de la opinión pública, que los hechos reales.

Desde el punto de vista de esta definición se entiende que el fenómeno sea alarmante. La velocidad con la que viene siendo incluida en los libros de referencia de todos los idiomas evidencia que su uso se encuentra en alza. Además, parece que existe una conciencia global de que este fenómeno no tiene más entidad que la vieja mentira de siempre, sólo que a través de medios digitales que la propagan más rápidamente. Sin embargo, esta interpretación viene siendo insuficiente porque no muestra una preocupación real por las raíces del fenómeno.

Una muestra del interés general sobre esta cuestión es el reciente suplemento dominical de un conocido diario peruano. La publicación es buena, con interesantes referencias. Su finalidad claramente es mostrar la problemática de la posverdad. Es, sobre todo, informativo y creo que consigue transmitir el mensaje que se propone. Acierta en las fuentes del problema, esto es, en las noticias falsas, que son tergiversaciones de la realidad con la intención de engañar: la mentira. Pero, además, se aproxima a sus raíces al plantear una solución sobre la base de una cuestión ética.

El remedio que se estima como el más adecuado para contrarrestar la posverdad es el fortalecimiento del pensamiento crítico, puesto que estamos perdiendo la capacidad de discernir. Esto es muy cierto. Que haya menos noticias falsas en el mundo digital, siendo una cuestión importante, es algo que se encuentra fuera del alcance del usuario medio, o del público en general. No podemos evitar, al menos de un modo inmediato, que haya mentirosos. Pero sí podemos dejar de consumir mentiras, o de propagarlas irreflexivamente sin discernir lo verdadero de lo falso. 

Lo propio del discernimiento crítico, en cuestiones tan importantes como el bien y la verdad, es la decisión ética, aunque ésta vaya acompañada de una buena dosis de técnica. No importan qué tan sofisticadas puedan ser las herramientas para el control de lo que corre por Internet, al final de cuentas la decisión es siempre de cada uno. Por este motivo, el principal aliciente para potenciar fenómenos nocivos como la posverdad es la banalización de las consecuencias de lo que decimos o hacemos. Con lo dicho se torna más preocupante el asunto, porque esto sólo puede significar que lo que ocurre no es una cuestión de unos pocos mentirosos, sino que es el reflejo del estado moral de nuestra sociedad. Los episodios de banalización de la verdad se hacen cada vez más cotidianos gracias a las redes sociales. Mostrar una imagen, recibir “likes”, o ser tendencia dentro del grupo de seguidores se ha hecho tan importante que parece que cualquier hecho, verdadero o falso, debe supeditarse a ello. Pero no puede extrañarnos que esto sea así. Los medios de comunicación llevan años la delantera a las escuelas en la configuración de las creencias de la sociedad. La educación en los colegios y las universidades ha sufrido tal tecnificación que son cada vez más exiguos los espacios de diálogo y conversación para poder discernir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Por largos años las humanidades han sido desechadas como “inútiles”. La lectura de los clásicos se desprecia como retrógrada, y se espera que sea la ciencia la que ofrezca respuestas a las interrogantes de la vida humana. Con todo esto, lo cierto es que sin una buena rectificación en la educación no sabremos nunca a lo que nos enfrentamos cuando hablamos de la posverdad. 

25 febrero, 2019

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