JÓVENES Y EMPLEO. EL PROGRAMA MOBIPRO-EU
Posiciones

JÓVENES Y EMPLEO. EL PROGRAMA MOBIPRO-EU

LOS MILLENIALS RECHAZAN TRABAJAR EN LAS MULTINACIONALES Y GRANDES CORPORACIONES. OPTAN POR EMPRESAS PEQUEÑAS EN LAS QUE IMPERA UN AMBIENTE MÁS HUMANO

n muchos países europeos hay demasiados jóvenes sin trabajo y, sin embargo, en Alemania faltan trabajadores cualificados. Parece que nos encontramos ante un caso típico de oferta y demanda llamadas a encontrarse para satisfacción de ambas partes, una que demanda un servicio y otra en situación de prestarlo. Claro que no basta con el mero deseo de trabajar. Las barreras de entrada en el ámbito germánico son considerables: además del idioma, están las diferencias culturales y las exigencias específicas del mercado laboral. Como la necesidad acucia, el Gobierno alemán facilita la rápida inserción de esos jóvenes: el Ministerio federal de Trabajo y Asuntos Sociales creó en 2013 el programa especial “Promoción de la movilidad profesional de jóvenes europeos en paro e interesados en la formación” (MobiPro-EU). Se trata de fomentar la movilidad entre los jóvenes profesionales. Así se matan dos pájaros de un tiro: se reduce el elevado paro juvenil en diversas regiones europeas y se proporciona mano de obra cualificada a la economía alemana, que registra pleno empleo y no consigue suficientes trabajadores. El programa se dirige a jóvenes entre 18 y 35 años (en casos excepcionales, hasta 40 años). En estos momentos se acogen a ese régimen unos 5.000 jóvenes. Los que han completado la enseñanza elemental pueden adquirir en Alemania una formación profesional especíica, mientras que los titulados en su país de origen, pero sin trabajo, se forman para laborar en empresas alemanas. Como resulta comprensible, el principal obstáculo en ambos casos es el desconocimiento del idioma, de ahí que el núcleo de MobiPro-EU sea la enseñanza del alemán, tanto en los países de origen como en la propia Alemania. Además, el programa ayuda a tramitar la convalidación de los diversos estudios y títulos. En fi n, se trata de que nadie

dispuesto a trabajar en Alemania deje de hacerlo, cualquiera que sea el motivo. Cinco años de MobiPro-EU permiten hacer balance, siquiera provisional. Podemos fijarnos, a título de ejemplo, en lo ocurrido en Brunswick, ciudad del norte de Alemania. Allí es la Cámara de Industria y Comercio quien gestiona el programa. El responsable cuenta que en 2015 llegaron a la ciudad 25 jóvenes españoles -23 varones y dos mujeres-, con edades entre 18 y 24 años. No estaban particularmente cualificados. Después de asistir a un curso de alemán, se repartieron en diversas empresas, dispuestos a aprender un oficio en el ponderado sistema de formación profesional dual, que combina el aprendizaje teórico en el aula y la práctica en el taller o la fábrica. Al cabo de tres años, de los 25 solo siguen cinco, que están a punto de obtener su título y de los que dos han anunciado su deseo de quedarse en Alemania. Los demás fueron abandonando, quejosos por el alto nivel de exigencia que implica compaginar estudio y trabajo y, en especial, por la escasa oferta lúdica o recreativa: en el norte la gente se recoge temprano, pues hay que madrugar para ir al trabajo. La vida les resultaba aburrida: anochecía temprano, poca gente en la calle, bares cerrados. Brunswick no es un caso aislado, una especie de islote “de castigo” en un mar placentero: los jóvenes provenientes del sur de Europa no suelen aguantar ese ritmo de trabajo. En cambio, los que vienen del este europeo rinden de modo satisfactorio.

LOS JÓVENES YA NO QUIEREN SER YUPPIES N o sé qué habrá sido de esos compatriotas, pero su peripecia da qué pensar. En las sociedades del centro y norte de Europa se puede tener la impresión de que todo se supedita al trabajo: la gente vive para trabajar, mientras que los jóvenes emigrados a Brunswick preferían trabajar para vivir. Muchos miembros de su generación comparten esa actitud, y está bien. El ideal del yuppie, tan de moda hace unos decenios, ha perdido atractivo para los jóvenes de hoy. Por ejemplo, la consultora EY publicó en agosto de 2018 una encuesta realizada a 2.000 estudiantes de 27 universidades alemanas. Al preguntarles por sus prioridades, en primer lugar figura la familia (70%), seguida de los amigos (66%) y las actividades de

ocio y deporte (50%). Tan solo el 41% da gran importancia a la carrera profesional (en la encuesta anterior, realizada hace dos años, era el 57%). Los expertos atribuyen esos resultados a la favorable coyuntura económica alemana: en una situación de pleno empleo, los jóvenes encaran el futuro con despreocupación, seguros de encontrar trabajo con facilidad. Pero aun así, la perspectiva de una trayectoria profesional exitosa, con una dedicación absorbente y una remuneración generosa, que permitirá un elevado tren de vida, resulta cada vez menos atractiva para esta generación. Las mujeres siempre habían dado preferencia a la familia, pero ahora también lo hacen los varones: además de que se considere la familia como el ingrediente esencial de una vida feliz, se generaliza una visión desencantada del mundo laboral. Tan solo un tercio de los jóvenes cuenta con que su futuro empleo le exigirá

una dedicación “normal” (entre 35 y 40 horas semanales). La mayoría teme que deberá dedicar mucho más tiempo del exigido por la ley. La economía de mercado y el capitalismo pasan factura: el mundo globalizado se vuelve muy competitivo, y eso obliga a trabajar duro. El sistema dual alemán, que combina aula y taller, se ha convertido en el paradigma de la formación profesional. Su eficacia está más que contrastada y es uno de los pilares que han convertido al país en el rey mundial de la máquina herramienta. Al margen de las grandes compañías globales, desde Volkswagen hasta Siemens, Alemania cuenta con numerosas empresas pequeñas y medianas, desconocidas para el gran público, pero líderes mundiales en su sector. Queda claro que una buena educación es requisito para la creación y el sostenimiento de un tejido industrial de envergadura. Se entiende que todos los países que advierten la necesidad de reformar la formación profesional, desde España hasta Chile, apunten al modelo alemán. No obstante, aparecen las primeras sombras en ese cuadro luminoso: desde hace unos años, quedan vacantes decenas de miles de puestos de prácticas en esas empresas, y no por falta de posibles candidatos. Ocurre que esos jóvenes alemanes no quieren trabajar en verano, o empiezan a hacerlo y desisten al poco tiempo, pues no están dispuestos a madrugar o a esforzarse tal como demanda la empresa. El talante sacrificado con el que se llevó a cabo “el milagro alemán” de la posguerra es cosa del pasado. La cultura del esfuerzo ya no está de moda en Alemania, de ahí que las empresas comiencen a buscar trabajadores en el extranjero. En España no disfrutamos de la bonanza económica centroeuropea, pero nuestros jóvenes se parecen mucho a los alemanes. La Fundación Europea de Estudios Progresistas, en colaboración con la Fundación Felipe González y la Fundación La Caixa, ha elaborado en otoño de 2018 un informe, basado en una encuesta a 2.200 personas (cfr. El País, 7-X-2018, p. 37). Los jóvenes españoles miran el futuro con poca esperanza: con

sideran difícil acceder a un buen trabajo o a una vivienda —prevén que vivirán peor que sus padres— y temen que tardarán en emanciparse. Ante esa falta de perspectivas, optan por priorizar el “disfrute de la vida”. Se apuntan al individualismo y a la búsqueda de la realización personal. Expresión de la novedosa actitud de los millennials frente al trabajo es su rechazo a las multinacionales y a las grandes corporaciones y su opción por empresas pequeñas, en las que impera un ambiente más humano. En ese entorno sienten que pueden influir, ayudar a mejorar el mundo, asegurar el equilibrio entre profesión y familia. De igual modo, manifiestan aversión hacia el “trabajo para toda la vida”, no quieren compromisos duraderos que puedan llegar a percibir como una losa. En la vida de una buena parte de esta generación priman otros objetivos distintos a la realización profesional: pareja, familia, voluntariado, aficiones. Nada que objetar, es más, seguramente tienen razón. No obstante, los mayores observamos este fenómeno con cierta desazón. Muchos de esos jóvenes se apuntan sin escrúpulos a las ventajas del Estado de Bienestar, que con frecuencia

comienza en el hogar familiar: se apalancan en el “Hotel Mamá”, donde reciben todo tipo de atenciones (gratuitas) y tienen a cambio pocas obligaciones con unos padres permisivos. Si esta generación quiere cambiar el modelo de sociedad, algo legítimo y, tal vez, de lo más necesario, tendría que arremangarse y ponerse manos a la obra. Hace falta algo más que limitarse a ir tirando.

¿FRAGILIDAD DE CARÁCTER? E l profesor Jordan Peterson, en una reciente entrevista a un periódico español (elmundo.es, 13-II-2018), compartía ese diagnóstico y, fi el a su estilo políticamente incorrecto, invitaba a los jóvenes a salir de esa condición sobreprotegida: “Otro legado de la progresía: una generación de mimados y quejicas, cero preparados para encarar la vida. Esos padres edípicos, que hacen un pacto con su niño: “No nos abandonarás jamás y a cambio nosotros haremos todo por ti”. Puro egoísmo envuelto en mimos. El resultado es que los niños crecen sin madurar. No tienen sentido de la responsabilidad. Son victimistas. Se vuelven inútiles y acaban resentidos. Mi mensaje a los jóvenes es sencillo. Espabilad. Dejad de pudriros en casa. Dejad de quejaros y de culpar a los demás. Sed honrados, rectos y disciplinados. Haced algo útil. Asumid vuestra responsabilidad. Buscad sentido a la vida. Haced como las langostas: caminad erguidos con los hombros hacia atrás”. Los jóvenes tendrían todos los motivos del mundo para sentirse satisfechos: ninguna generación ha disfrutado de tales cotas de bienestar. Nunca hubo hijos tan rodeados de atenciones por parte de sus mayores. Además, esta sociedad consagra lo juvenil como paradigma de referencia: el que ya no es tan joven hará todo lo posible para burlar el paso del tiempo y, al menos, intentar parecerlo. Dispone a tal efecto de una batería de recursos: dietas milagro, gimnasios, toda una cultura de la fitness y el bodybuilding. La juventud se dilata, ahora uno se puede sentir y vivir como joven durante diez, quince o veinte años: los implicados no tienen que afrontar gravosas responsabilidades; el sistema educativo los acoge durante muchos años y no les plantea exigencias desmedidas, lo que permite muchas horas de ocio y diversión (en muchos centros universitarios ya no hay clase los viernes y la noche del jueves se ha incorporado a “la movida”); disfrutan de un nivel de vida aceptable y tienen de casi todo, y esto no es algo exclusivo de los hijos de familias adineradas; tanto la sociedad en general como gran parte de las familias adoptan un tono dialogante y democrático, lo que proporciona a los hijos un nivel de libertad desconocido para sus predecesores. Sin embargo, nuestros jóvenes no acaban de sentirse contentos del todo. La otra cara de la libertad son la incertidumbre y el riesgo, que aumentan cuando el contexto social se vuelve inestable. Está bien sentirse libre, sin ataduras, ante un futuro abierto, que parece ofrecer las más variadas posibilidades, pero esta circunstancia hace más dramática la elección, que siempre implica descartar las otras opciones, en algunos casos de modo definitivo. La presión por acertar se intensifica y muchos caracteres juveniles no poseen la madurez necesaria ni la sangre fría para elegir con acierto. Y cuando faltan valores o modelos sociales de implantación general, se dificulta la búsqueda de la propia identidad y

del rumbo que se ha de emprender, pues la biología no nos indica cómo hemos de vivir. Los jóvenes abordan la definición de su proyecto de vida mediante una suerte de bricolaje de la identidad. No pocos fracasan en este empeño y aparecen entonces el desánimo, el pasotismo o la automarginación de la vida social. A pesar del ilusionante tono de eslóganes y anuncios publicitarios, no es tan sencillo ser joven. Además, los jóvenes, que no son tontos, advierten una especie de doble lenguaje, adobado con altas dosis de cinismo, en la exaltación del ideal juvenil por parte de los adultos. Esta sociedad que los ha colocado en lo más alto del podio de la estima pública es la misma que no les facilita una inserción laboral digna, que les imposibilita el acceso a una vivienda propia, que va prolongando de modo constante su permanencia en las aulas. Ese sistema educativo extendido acaba convirtiéndose en un recurso para encubrir el paro. Es como si la sociedad adulta pareciera no necesitar demasiado a sus jóvenes, que son invitados más bien a no molestar y a no tomarse demasiado en serio los discursos ofi ciales. Nuestros jóvenes no exhiben madera de revolucionarios y reaccionan ante esta situación de manera pacífica y resignada. Encuentran motivos para desconfiar de las grandes instituciones y buscan refugio y calor en el pequeño grupo, principalmente de la familia y de los amigos. El enclaustramiento en el presente, el apurar el carpe diem, trasciende el ámbito privado y se cifra en dos indicadores letales para el conjunto social: no hay ahorro ni se tienen hijos. En efecto, si el futuro se presenta como incierto y amenazador, no tienen sentido ni ahorrar ni engendrar.

LOS JÓVENES ESCASEAN: INTENTOS DE SOLUCIÓN L as sociedades occidentales envejecen y tienen menos hijos que nunca. Nos encontramos con un escenario demográfico inédito en la historia de la humanidad: los mayores de 65 años superan en número a los menores de 15 años. Esto ocurrió por vez primera en Japón, el país con mayor esperanza de vida del plantea, y comienza a suceder en Occidente. No es este el lugar para examinar las consecuencias de esta evolución, por ejemplo, para el sistema de pensiones. Me limito a apuntar, entre otras implicaciones, que corre peligro el pacto intergeneracional y que no sorprende en este contexto que se comience a legalizar la eutanasia (es urgente “racionalizar el gasto sanitario”, la partida más elevada en los presupuestos generales de los países occidentales). La natalidad alcanza mínimos históricos, pero a la vez hay más jóvenes que nunca: durante siglos, la juventud fue la simple transición de la dependencia a la autonomía, celebrada con los oportunos ritos de transición. Una vez realizado ese paso, el nuevo adulto formaba su propia familia, lo que implicaba un trabajo y una vivienda propia. La juventud ha dejado de ser esa mera transición y se ha convertido en una etapa en la que las personas pueden “instalarse” durante decenios: hoy cabe vivir como joven desde los quince años hasta los 35 (lo mismo ocurre con la vejez: después de la jubilación, los occidentales tienen por delante dos decenios de vida). Como los menús-degustación, la juventud se estrecha y se alarga: cuenta con menos representantes en cada cohorte anual (en la dimensión micro: menos hermanos y primos), pero con muchas más cohortes.

En la caída de la natalidad influyen factores diversos: el desarrollo económico; el avance de la medicina, que prácticamente ha erradicado la mortalidad infantil; el retraso en la edad a la que se contrae matrimonio y se tiene el primer hijo; el cambio social que ha sacado a la mujer del hogar para incorporarla al sistema educativo y al mercado laboral; la revolución sexual y el feminismo (sexo sin reproducción, píldora, emancipación de la naturaleza); la aceptación social del aborto; una cultura individualista que premia la existencia autónoma y desvinculada. Eliminar los tabúes sexuales se convierte en una manera segura de acabar con el orden social tradicional (en la versión española castiza de los años treinta: “Arriba las faldas, abajo los curas”). Ese programa se aplicó puntualmente en la Unión Soviética, pero al poco tiempo hubo que dar marcha atrás y volver a un régimen familiar “tradicional” ante el riesgo de la completa disolución social: también el régimen comunista necesita una institución familiar estable. Había, además, otro motivo para legalizar el aborto: liberar a las mujeres de la carga del embarazo y la crianza de los hijos para que pudieran consagrar toda su energía a la edificación del paraíso comunista. Un razonamiento similar inspiró la introducción del aborto en la China de Mao: después de años de guerra

civil, también las mujeres debían comprometerse por entero en la instauración del socialismo.

RUSIA, CHINA, NAVARRA Gracias a esa temprana legalización del aborto, Rusia y China van a la cabeza del mundo en el número de abortos practicados (unos 700 millones entre los dos países). En Rusia hay más abortos que nacimientos, y el aborto se ha convertido de hecho en un medio contraceptivo más. La esperanza de vida es menor que hace sesenta años y la población disminuye. Putin es un déspota, pero no es tonto y sabe que el factor decisivo que convierte a un país en gran potencia es la población. Se ha propuesto disminuir el número de abortos y combatir el alcoholismo, mal endémico responsable de una elevada mortalidad. El caso de China es todavía más clamoroso: durante casi cuarenta años estuvo vigente la ley del hijo único, aplicada sin miramientos y con todo rigor (esterilizaciones obligatorias, abortos forzados, multas económicas, encarcelamiento). De repente, la industria comenzó a echar en falta mano de obra joven, lo que pronosticaba una profunda crisis económica y social. El Gobierno ha rectificado y en 2016 derogó esa ley y permitió un segundo hijo. El repunte de la natalidad ha sido imperceptible, así que las autoridades, en todo un

ejercicio de pragmatismo, anuncian que se liberaliza por completo la natalidad: ahora las familias numerosas están bien vistas y tener hijos es muestra de patriotismo. El Gobierno promete apoyos de todo tipo y como la crianza de los niños exige estabilidad familiar, se ponen trabas al divorcio de los padres. La ideología está bien, pero mandan los imperativos económicos y la satisfacción de las demandas del mercado laboral tienen prioridad. Los regímenes ruso y chino no tienen que justificarse ante el electorado (despotismo oriental), lo que les permite gobernar atendiendo al largo plazo y prescindiendo de la corrección política. Y si hay que rectificar políticas aplicadas durante decenios en virtud de la ortodoxia comunista, se hace sin rubor y sin dar explicaciones -que casi nadie va a reclamar-. En las democracias occidentales las circunstancias son bien distintas. Por supuesto que a nadie se le ocultan los peligros inherentes a la evolución demográfica, pero las consecuencias del envejecimiento de la población y de la caída de la natalidad se dejarán sentir de modo crítico en un futuro lejano, mientras que los Gobiernos no suelen mirar más allá del horizonte de las próximas elecciones. El sometimiento al corto plazo condiciona tanto la política democrática como la economía capitalista y muy pocos líderes son capaces de evitarlo. De Rusia y China a Navarra, donde también preocupa el descenso de la población joven. El vicepresidente de Derechos Sociales del Gobierno foral, Miguel Laparra, presentó en septiembre de 2018 un estudio sobre los jóvenes (de 16 a 34 años) y el mercado laboral, realizado por el Observatorio de la Realidad Social, organismo dependiente del Gobierno. Lo positivo: el paro juvenil ha descendido, pasando del 30% en 2013 al 17% en 2017. De todos modos, no son cifras como para lanzar las campanas al vuelo, pues hay que considerar que buena parte del empleo juvenil es precario y temporal: dos de cada tres jóvenes de menos de 25 años tienen contratos temporales (uno de cada tres en el grupo entre 25 y 34 años). Hay asimismo una tasa alta de parcialidad. El vicepresidente manifestó su preocupación por las consecuencias que tendrán en el mercado laboral el descenso de la población joven (en diez años hemos perdido casi 32.000 jóvenes) y el envejecimiento de la población activa, “un serio problema que debemos afrontar de manera decidida”. Las medidas que propone apenas se diferencian de las adoptadas en Alemania o en China: favorecer la compatibilidad de los estudios con el trabajo; recurrir a la inmigración; “ayudar a las familias a tener el número de hijos que manifiestan querer tener”. Con esta alambicada expresión se refería el vicepresidente al fomento de la natalidad. ¿Cómo se explica su reparo para manifestar la idea con palabras sencillas y directas? ¿Se trata del complejo que asalta a un gobierno de izquierda (autodenominado “del cambio”) para apoyar la familia? Los Gobiernos ruso y chino, nada sospechosos en cuanto a pedigrí izquierdista, no necesitan recurrir a eufemismos para apoyar la natalidad. La propuesta de terapia formulada por el Gobierno foral parece adecuada, pero está por ver cómo se implementa en la práctica. Los demógrafos cuestionan que la inmigración sea capaz de suplir nuestras carencias poblacionales: harían falta millones de inmigrantes. Y aparte del número, está su

cualificación: ¿vendrán justamente las personas con la formación demandada por la economía local? ¿Tendrá nuestro país atractivo suficiente como para retener ese talento? Muchos de los inmigrantes que pisan suelo español, con o sin papeles, nos consideran simplemente la puerta de entrada para llegar a Centroeuropa, su destino ideal. ¿Y qué decir de la natalidad? España es el país de Europa occidental con las políticas familiares más cicateras. Y la izquierda no consigue liberarse de ancestrales tics antifamiliares. La derecha, por su parte, con su inveterado complejo de falta de legitimidad, tampoco ayuda especialmente a la familia (a lo que se añade la circunstancia de que cualquier planteamiento “familista” continúa evocando el franquismo, a pesar de que Franco no hizo nada especial en favor de la familia). Como se ve, no va a resultar fácil incrementar la población juvenil, ni en Navarra ni en España.

EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN Contar con jóvenes suficientes es el primer paso (para alimentar el mercado laboral y, en general, para asegurar la reproducción social). Pero si queremos que la economía funcione, habrá que dar a esos jóvenes la formación adecuada: el mercado necesita mano de obra cualificada, de modo particular en un escenario globalizado, donde se compite con todo el mundo. Los gobiernos han entendido hace tiempo que, además de la población suficiente, un buen sistema educativo es requisito necesario para asegurar la prosperidad del país. Hay acuerdo en que ese ideal resulta inalcanzable a corto plazo para España. No se requieren pro

fundos análisis para advertir el carácter mediocre de nuestra educación: elevado fracaso escolar; profesorado desmotivado; erráticas políticas educativas; contaminación ideológica; mantenimiento de un modelo docente (comprehensividad) que los países europeos más desarrollados ya han abandonado. Nos parecemos al adulto que sigue instalado en la crisis de juventud, crisis que en este ámbito se plasma en el enfoque emancipador y antiautoritario de los años sesenta. Dos pequeñas anécdotas para ilustrar la situación: colegio público de un pueblo francés al pie de los Pirineos. Los alumnos de primaria se ponen en pie cuando el maestro entra en el aula. Tanto los alumnos al dirigirse al profesor como este último cuando les habla a los alumnos emplean el “usted”. Colegio público de Navarra. La profesora de matemáticas expulsa de clase a un alumno de segundo curso de la ESO. Infracción cometida por el alumno: emplear el “usted” para dirigirse en clase a la profesora. Respuesta de esta última: “¡Cómo te atreves a hablarme de usted! ¡Fuera de clase!” Algún día habrá que investigar cuándo y cómo el buen sentido abandonó a nuestros políticos educativos y a los docentes que secundan esos planes. Produce perplejidad y desazón ver cómo logros o realidades pacífi camente establecidas en las naciones más avanzadas de nuestro entorno son en España objeto de controversia ideológica, como la convivencia de centros públicos y privados o de colegios con educación diferenciada. El conflicto político invade y contamina la educación (enseñanza de la lengua al servicio del nacionalismo o imposición de una educación sexual inspirada por la ideología de género contra la voluntad de los padres de los alumnos).

Los recientes escándalos relativos a doctorados y posgrados de diversos políticos han servido también para desvelar algunas de las miserias de la universidad española. Desgraciadamente, esas irregularidades no constituyen casos excepcionales, tolerados por la condición de esas personas: revelan modos de hacer generalizados, de los que se benefician todo tipo de alumnos así como los centros que cobran las tasas correspondientes (con matrículas de los alumnos meramente simbólicas y presupuestos públicos insuficientes, los programas de posgrado se convierten en una apetitosa fuente de ingresos, para las universidades y para los gestores y docentes). Los afectados por la educación son millones, si además de los alumnos tenemos en cuenta a sus familias y a los docentes y funcionarios. Todos están de acuerdo en la necesidad urgente de elaborar un pacto educativo nacional, que ponga fi n al baile de leyes educativas que se derogan cuando cambia el Gobierno de turno. En 2016 se presentó en la Comisión de Educación del Congreso una propuesta conjunta de Ciudadanos y PSOE, a la que se sumó el PP (Podemos se contentó de entrada con no oponerse), encaminada justamente al logro de un acuerdo de ese tipo. La intención no podía ser mejor: “Conseguir un sistema educativo de calidad, equitativo, con el objetivo de mirar por una generación, no por una legislatura, ya que la situación actual acumula unos resultados insuficientes”. Muchas de las medidas propuestas tenían sentido y mejorarían la calidad de nuestro sistema educativo, aunque todavía quedaban restos del planteamiento comprehensivo (cuya más característica expresión en España fue la LOGSE), como la eliminación de la repetición de curso. La Comisión empezó su trabajo con muchas dificultades, pues no fue capaz de acordar un sistema de votación. Enseguida se vio que los partidos políticos no iban en serio, como si no creyeran en la posibilidad de un acuerdo, y la Comisión abandonó el proyecto al cabo de unos meses sin pena ni gloria. El fracaso apenas fue registrado por una opinión pública entretenida con otros temas. El planteamiento ambicioso, casi maximalista, de ese proyecto fallido ilustra a la perfección uno de nuestros males más perversos, el fetichismo de la ley. Tal vez por nuestra herencia napoleónica, que subraya el papel del Estado (y del derecho administrativo), tendemos a pensar que las leyes arreglan por sí solas todos los problemas. En torno a su elaboración se encienden los más apasionados debates, y no caemos en la cuenta de que incluso las mejores leyes no son más que papel mojado: luego hay que confeccionar los reglamentos y, sobre todo, aplicarlos en la práctica. Se nos va la fuerza por la boca y descuidamos la realidad; en este caso, la del aula (y el laboratorio y la biblioteca). Hay como dos mundos paralelos: el de los textos legales y los discursos oficiales y el de la vida en las aulas. Entre ambos

se propone mediar una creciente burocracia educativa, que abruma con su producción a escuelas y profesores (el Espacio Europeo de Educación Superior, conocido popularmente como “Bolonia, ha llevado ese furor burocrático al paroxismo). Aunque el marco legal y político no sea favorable para la praxis educativa, sigue habiendo profesores competentes e ilusionados por enseñar y alumnos capaces, deseosos de aprender. Surgen así oasis de excelencia en medio del desierto burocrático, y de nuestras aulas salen graduados escolares, bachilleres y licenciados universitarios altamente cualificados. Pero se trata de una minoría. Y si atendemos al mercado laboral, que es la óptica desde la que estamos contemplando el panorama, esos contingentes resultan escasos. Las empresas rebajan sus expectativas y se conforman con poco: demandan jóvenes “normales”, con buenos modales y dispuestos a aprender. No importa que el paso por las aulas no les haya preparado para el desempeño del oficio, las empresas están dispuestas a asumir el papel educador. No parece este un planteamiento suficiente para asegurar la competitividad de la economía nacional en un mundo globalizado.

1 marzo, 2019

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *