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100 DÍAS

Las campañas electorales son eventos de una enorme complejidad sociológica, psicológica, emocional y política. El stress y la tensión son enormes hasta que llega el día de la elección y todo termina… o todo comienza.

Para los perdedores es una frustración. Pero también perder puede ser el principio de un camino por las perspectivas que pueden quedar si, por ejemplo, fueron primerizos, pero obtuvieron un segundo o un meritorio tercer lugar.

Participar por primera vez y no ganar puede colocar a ese perdedor listo para una próxima oportunidad. Frente a una derrota electoral algunos deciden retirarse y otros, más bien, deciden continuar mirando el calendario electoral con más interés.

Para los vencedores. Sea que hicieron una buena campaña o sea que se encontraron con el triunfo por razones del destino, el fin de la campaña supone no solo plegar las banderas electorales sino cambiar el acento o el tono de su comunicación.

No recuerdo quien lo dijo, quizá Bill Clinton, pero las campañas se hacen en verso y los gobierno en prosa. Mientras la retórica es el recurso de una campaña, la gestión y los resultados son lo que determina la aprobación de una autoridad electa.  Cuando uno llega al gobierno la gente quiere resultados. No hay nada más que hacer sino gestionar y eso implica planificar, ejecutar y comunicar.

Los primeros cien días de gobierno son un período de gracias, son un espacio que está en el imaginario popular y es una ventana de oportunidades. Muchos definen completamente, en ese breve espacio de tiempo , lo que será su gobierno. Lo hizo Franklin Roosevelt cuando asumió la presidencia en medio de la crisis mundial a raíz del crack de 1929. Durante los 100 días posteriores a la asunción de mando desplegó un sinnúmero de leyes e iniciativas políticas trascendentales.

Un líder elegido tiene que pasar de la recepción de la administración pasada, de los activos y de los pasivos, a posicionar su imagen a través de un mensaje político. Los primeros 100 días son el principio de ese relato. De su propio relato o historia, frente y con los ciudadanos para decir lo que encontró, pero, sobre todo, lo que sí se puede hacer y lo que serán las principales líneas matrices y las prioridades de su acción pública.

Los 100 días son una oportunidad. Puede ganarse o puede perderse, dependiendo qué perspectivas tiene el líder, qué visiones quiera compartir y cuán cercano quiera estar de aquellos que le dieron con el voto, la confianza para gobernar.

Por eso si la autoridad elegida llega a los 100 días y no dice nada importante. Ese hecho debe tomarse como una luz de peligro o una advertencia en el sentido que no se está gestionando correctamente o peor aún, la opinión pública, puede percibir que no hay ni ideas,  ni equipo, ni liderazgo suficiente.

La política, de gobierno, institucional o corporativa, se evalúa por las percepciones que la gente se hace. Lo que uno no comunica no existe. Y si alguien dice que se olvidaron o no supieron comunicar, en verdad, reconoce que no supo o no sabe gobernar.

25 marzo, 2019

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