BRECHA SALARIAL Y LIBERTAD
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BRECHA SALARIAL Y LIBERTAD

En torno al 8-M se ha hablado mucho de la brecha salarial que separa a hombres y mujeres. ¿Es real esa diferencia en la remuneración? ¿Cómo se calcula? Básicamente hay dos respuestas a esa pregunta. La primera victimiza a las mujeres y arguye así: los directivos de las empresas son mayoritariamente hombres, que se ayudan entre sí y discriminan a las mujeres. Además, ellas son mucho menos agresivas y no aciertan a defender con eficacia sus derechos. Ganan menos que sus maridos, lo que las “obliga” a dedicar más tiempo a las tareas domésticas y a la crianza de los hijos. Mientras tanto, con las espaldas bien guardadas, los hombres se concentran en su carrera profesional y en el consiguiente ascenso social.

La segunda explicación afirma que las mujeres jóvenes ganan lo mismo que los varones de su edad, pero muchas profesan valores y prioridades diferentes a los de los hombres: no les interesa hacer carrera a toda costa, dan más importancia a la familia y prefieren recortar su dedicación al trabajo para poder estar con sus hijos. Además, en general se casan con hombres algo mayores que ellas y mejor situados en la escala profesional, lo que justifica que los maridos ganen más. Si se planteara la necesidad de que uno de los cónyuges dedique más tiempo a la familia, resultaría plausible que lo hiciera la mujer: su renuncia al trabajo fuera del hogar tendría una menor repercusión en el presupuesto familiar.

¿Cuál de las dos respuestas se acerca más a la verdad? Probablemente la segunda, aunque el aluvión de publicaciones en torno al 8-M habrá impuesto la primera. Está claro que en el empleo público cobran lo mismo hombres y mujeres. Pero, ¿qué ocurre en el sector privado? Las mujeres que optan por la maternidad piden la baja o la reducción de jornada: según las encuestas, la mayoría de las madres europeas desearía trabajar media jornada y así estar más tiempo con sus hijos. Por su parte, los hombres hacen horas extraordinarias, asumen más responsabilidades y avanzan en la escala social. Es inevitable que se produzca una brecha salarial. Muchas empresas son conscientes del problema y adoptan medidas para favorecer a sus empleadas. Por ejemplo, Google acaba de reconocer que, a igualdad de trabajo, paga más a las mujeres que a los hombres (muchos directivos de Silicon Valley se han apuntado al feminismo). El Partido Socialista alemán impuso hace dos años a las empresas la obligación de declarar a quien les pidiera esa información lo que ganaban sus empleados, hombres y mujeres. Expectación… y decepción: casi nadie ha utilizado esa posibilidad y los datos revelan que no hay discriminación. Así lo han reconocido tanto el Ministerio de la Familia como la Confederación Sindical.

Viniendo a lo importante: ¿Es la maternidad una carga insoportable que discrimina e hipoteca el futuro profesional de las mujeres? Muchas personas parecen verlo así. Pero la naturaleza ha dispuesto las cosas de esta manera, y mal que les pese a los ideólogos del género, somos biología. Cabe también adoptar otro punto de vista: tener la maternidad como un privilegio, una gran suerte, y el embarazo y la crianza de los bebés como una etapa mágica en la vida de las madres. El vínculo que se establece entre la madre y el hijo es algo único, sin parangón, que gratifica a las dos partes (como es obvio, hablo en calidad de hijo. Por lo que me toca, declaro como tantos otros que mi madre ha sido con gran diferencia de lo mejor que me ha ocurrido en la vida).

El machismo deleznable, que discrimina y trata a las mujeres como menores de edad y les priva de su legítima dignidad, es un planteamiento moderno, propio de la Ilustración. “La mujer, ese ser de cabellos largos e ideas cortas”, decía Nietzsche. Esa visión peyorativa de la condición femenina se plasma en el código civil napoleónico y de ahí pasa a los ordenamientos jurídicos de gran parte de los países occidentales. Felizmente, vamos superando esa etapa. Hoy solo es aceptable la plena igualdad de derechos entre hombre y mujer. El feminismo radical, que tomó la calle el 8-M y monopolizó el debate –con muy pocas excepciones—tampoco es nuevo: la llamada a la lucha contra el heteropatriarcado capitalista está ya en Engels (La Sagrada Familia) y forma parte del clásico acervo doctrinal marxista. Los intentos de llevarlo a la práctica, como en la Rusia soviética, fracasaron clamorosamente. ¿Ganarían las mujeres liberándose de la tutela napoleónica para echarse en brazos de Marx y Engels? Lo dudo.

Napoleón y buena parte del feminismo radical tienen algo en común: son muy poco amigos de la libertad de la mujer. ¿Por qué no dejar a las mujeres que vivan como quieran? ¿Para cuándo el efectivo reconocimiento de su autonomía, con la renuncia a tratarlas como menores de edad?

26 marzo, 2019

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